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viernes, 9 de diciembre de 2016

LA INCREÍBLE HISTORIA DEL PEMMICAN


Nativo Cree


No, no estamos hablando de otra simpática mascota de la factoría Disney, ni mucho menos. Hablamos de comida, de una desconocida receta para los europeos, de los indios norteamericanos y que nuestra grasofóbica sociedad ha condenado al ostracismo. Sin embargo los tiempos están cambiando y muchos de los más recientes estudios reivindican una alimentación más evolutiva, una dieta semejante a la de nuestros ancestros del paleolítico. No vamos a entrar en nutrición, porque no es nuestro campo, pero sí la historia. Podemos conocer más o menos lo que comían nuestros antepasados anteriores a la agricultura por los estudios arqueológicos prehistóricos que revelan dietas altas en proteína y grasa animal, además de vegetales, el Hombre de Neandertal, conocido como el gran cazador combinaba un 80% de caza con un 20% de vegetales. Si bien otra forma de acercarnos a la dieta del ser humano pre-domesticación es con los paralelos que nos ofrece la antropología.

Los nativos norteamericanos, en su gran mayoría en la edad de la piedra, culturalmente hablando, habían encontrado una técnica que les permitía conservar la comida durante décadas con todas sus propiedades intactas, muy útil para grandes migraciones nómadas o periodos de escasez y poca caza. Es el pemmican. Su origen concreto no se conoce, aunque se podría ubicar en los indios del norte de Canadá. El pemmican es un plato contundente, hipercalórico hecho a base de carne desecada y pulverizada, tuétano de huesos, grasa animal y bayas (que aportaban una gran cantidad de vitamina C). Su envase predilecto era la piel de bisonte con unos 30 ó 40 kg de peso, llegando a durar en perfecto estado de consumo unas tres décadas. En las tribus Cree y Ojibwas eran las mujeres las que preparaban los sacos para todo el año, normalmente de la caza del búfalo, secando las tiras de carne, machacándola después y mezclándola con la grasa, el tuétano y las bayas (normalmente arándanos). 

Amundsen

La llegada de los europeos al continente popularizó rápidamente el pemmican entre comerciantes y tramperos, y no sólo eso, se sabe que desde al menos el s. XVII los franceses de la peletera Hudson Bay Company consumieron pemmican a través de su contacto con indios Cree y Ojibwas, que lo utilizaban como ración de supervivencia cuando servían de guías a los occidentales. En 1813 la Northwest Company llegó a encargar 25 toneladas de pemmican como abastecimiento de sus trabajadores. Posteriormente el pemmican pasó a popularizarse entre los grandes viajes de exploración del siglo XIX, tanto que hasta Julio Verne lo nombra en “Cinco semanas en globo”. Admundsen y Scott lo llevaban entre su avituallamiento en sus aventuras al Polo Sur, e incluso se habla de que Scott fracasó en su intento debido a que el pemmican que llevaba era de poca calidad, con poca grasa, lo que les impidió nutrirse correctamente para la superviviencia antártica. El último tercio del s. XX supuso el olvido del pemmican debido a la popularidad de los estudios contra la grasa animal y su implicación en enfermedades cardiovasculares, algo que la ciencia está revisando actualmente, aunque por otra parte ¿se imaginan un alimento fácil de elaborar en casa, sin aditivos industriales y que puede durar 30 años? ¿qué creen que haría la industria de la alimentación?





jueves, 8 de diciembre de 2016

MARÍA PITA Y LA HEROICA DEFENSA DE A CORUÑA.


Poco después de la derrota de la Armada Invencible, los ingleses prepararon su poderosa Contraarmada, a cuyo frente se puso el sanguinario sir Francis Drake. Sus intenciones eran claras: se debía de terminar de una vez por todas con el peligro que suponía la aún poderosa flota española.


Diego Peña & Javier Martínez-Pinna

... No había tiempo que perder, cada minuto contaba para organizar las exiguas defensas de una ciudad dispuesta a afrontar la lucha contra una fuerza claramente superior. En estas circunstancias, resultaba fundamental evitar la entrada de los buques ingleses en la zona portuaria y por eso se ordenó a dos galeras y al galeón San Juan que tomasen posiciones y se mantuviesen alertas. Mientras tanto, la compañía de Don Jerónimo de Monroy, con el apoyo de un reducido grupo de vecinos coruñeses, se dirigió hasta el fuerte para armar sus cañones y responder con toda su fuerza el más que previsible intento de los ingleses de tomar el puerto y la estratégica zona de la Pescadería.

La decisión no pudo ser más acertada, porque inmediatamente los ingleses rompieron las hostilidades, iniciando su ataque con la intención de superar esta primera línea defensiva, pero su tentativa fue abortada merced al empeño de unos españoles que pusieron en funcionamiento toda su artillería, obligando a los navíos ingleses a recular para no verse envueltos en un fuego cruzado procedente del fuerte y de los barcos hispanos, especialmente del San Juan. Esto obligó a los ingleses a desembarcar a sus hombres en la playa de Santa María de Oza, junto con buena parte de su artillería.




La ciudad apenas contaba con efectivos militares intramuros, unos 1.500, por lo que la población civil tuvo que formar milicias de defensa, al tiempo que se apremiaba a la compañía de Betanzos a desplazarse hasta La Coruña a través del camino de Bergantiños. La situación se fue tornando en desesperada porque por primera vez los defensores fueron conscientes del peligro al que se enfrentaban. El galeón español se dispuso a jugar una partida cuyo resultado estaba escrito de antemano, pero aún así no cejó en su empeño y se empleó a fondo para tratar de frenar, aunque sólo fuese por unas horas, el imparable avance inglés desde la playa. Al mismo tiempo, el capitán Troncoso se puso al frente de unos 150 arcabuceros, los cuales mostrando una valentía casi temeraria, hicieron una nueva salida para entorpecer las maniobras de los ingleses, pero su aplastante superioridad numérica terminó por hacerles retroceder hasta el alto de Santa Lucía, en donde se batieron a sangre y fuego, antes de verse obligados a buscar refugio entre los muros de la ciudad.

Esta primera noche de asedio fue intranquila, pero al menos los coruñeses recibieron una buena noticia, la de la anhelada llegada desde Betanzos de dos compañías con armas y víveres. Pero la alegría duró poco, porque cuando empezó a despuntar el alba, el general británico Norris ordenó el asalto a la débil muralla de la Pescadería, empleando casi todos sus efectivos, mientras que sus muy superiores fuerzas artilleras se cebaban sobre las galeras españolas que, totalmente copadas, no tuvieron más remedio que abandonar cualquier esperanza de resistencia. Animados por este primer éxito, los ingleses prosiguieron con su ataque, centrando su atención sobre el San Juan y nuevo galeón que había logrado penetrar en el puerto para apoyar su defensa, el San Bartolomé, al tiempo que decenas de barcos ingleses se empleaban a fondo para silenciar la resistencia del fuerte. En el punto álgido de la batalla, miles de soldados ingleses iniciaron el asalto a la muralla de la Pescadería, contestada con gran valentía por unos españoles que perdieron 70 soldados y unos 200 vecinos, y cuyo sacrificio no fue suficiente para evitar la retirada de los defensores de la ciudad hacia posiciones más seguras.




La vehemencia del empuje británico hizo que se alcanzase el momento crítico en esta lucha a muerte por la supervivencia de la ciudad española. Años después, el capitán Juan Varela llegó a afirmar que si los ingleses hubiesen intentado penetrar en la Ciudad Vieja, lo habrían conseguido sin dificultad, entre otras cosas porque la mayor parte de los soldados españoles se encontraban defendiendo el arrabal, estando las puertas de la ciudad prácticamente desguarnecidas. Afortunadamente, cuatro arcabuceros españoles fueron conscientes del peligro y por eso marcharon hacia la puerta principal, abriendo fuego inmediato sobre los primeros ingleses que se acercaron a ellos, haciéndoles creer que esta posición estaba fuertemente guarnecida.

Esta actitud también pudo verse influida porque los ingleses aprovecharon la retirada española para iniciar un concienzudo saqueo de la zona de la Pescadería, desatando el terror entre los pocos que se habían quedado rezagados, al ver con sus propios ojos como los endemoniados anglos saqueaban a placer, destrozaban las cosechas y se hacían con todas las vituallas presentes en las bodegas que encontraron en su camino. Afortunadamente, los ingleses dieron rienda suelta a su pasión por el vino al dar buena cuenta de todo el alcohol que encontraron en la zona. Hemos de suponer la terrible cogorza que sufrieron más de uno para celebrar anticipadamente la gran victoria que el destino les tenía reservado, pero esto fue aprovechado por los españoles para asesinar a muchos ingleses cuando aún estaban bajo los efectos del vino.

A pesar de todo, la pérdida de esta parte de la ciudad se daba por segura, por lo que la supervivencia del San Juan se consideró inasumible, ordenando a su tripulación abandonar la nave, no sin antes preparar una nueva sorpresa para los asaltantes, al situar unos barriles de pólvora en el buque que hicieron estallar cuando los ingleses subieron en él, provocando la muerte de 15 de ellos.

Llegados a este punto el oficial al mando, John Norris, se vio confiado de tomar la parte alta de la ciudad, donde tras sus murallas esperaba un contingente defensivo formado por lo que quedaba de la pobre guarnición de la ciudad, y por las milicias civiles, muchas de ellas mujeres y niños dispuestos a entregar antes sus vidas que la ciudad. Es aquí donde nos adentramos en aguas turbulentas, entre lo que nos cuenta la historia y lo que nos dice la leyenda. No sabemos si es del todo cierto lo que se nos cuenta de María Pita, pero lo que sí sabemos es que los ciudadanos coruñeses se enfrentaron a una tropa profesional a cara de perro, superior en número y cuyo pronóstico más acertado era que acabarían invadidos y sometidos. Esto nos hace sospechar que si no fue María Pita el detonante de la furia popular sería otro del igual calado, o varios, o incluso toda una ciudad que no quería verse sin sus posesiones y con sus mujeres e hijas sometidas por una tropa sedienta de saqueo.




Después de una semana de feroz resistencia, el 14 de mayo una explosión abrió una brecha en la muralla defendida por los coruñeses en la ciudad alta, allí un oficial inglés arengaba a las tropas y se disponía a clavar la pica con la bandera inglesa en lo alto de la fortificación. En ese momento la escena se congela para observar a un matrimonio, regentes de una de las carnicerías de la ciudad, frente al muro derrumbado, él yacente, inerte, sin vida en el suelo, y su mujer arrodillada junto al cadáver de su marido. María se puso en pie mirando al inglés que intentaba alzar la bandera, para después coger una espada del suelo, y al grito de “quién tenga honra, que me siga” atravesar de parte a parte al oficial británico, dándole muerte y robándole la enseña. Este acto heroico soliviantó la defensa de la ciudad y sumió en el desasosiego y la desesperación a las fuerzas de invasión. Además, en su precipitación los hombres de Drake cometieron un error que al final les salió muy caro, porque un gran número de atacantes se abalanzó sobre la muralla justo en el momento en el que estallaba una mina, haciendo que los cascotes hiriesen de muerte a varias decenas. Fue entonces cuando empezaron a proliferar las bajas inglesas que estaban en retroceso del terreno ganado, comenzando las huidas y deserciones, provocando que el mismísimo Francis Drake ordenase la retirada. La situación no la dejaron escapar las escasas compañías de infantería españolas que seguían combatiendo en el interior de La Coruña, porque sin pensárselo dos veces volvieron a cargar contra las fuerzas agresoras, que ahora sí, se encontraban en total desbandada...

martes, 6 de diciembre de 2016

MAGIA Y RELIGIÓN. DOS FORMAS DE ACCESO AL HECHO SOBRENATURAL

Históricamente, la comprensión de lo sobrenatural se ha llevado a cabo a través de las prácticas mágicas y religiosas. Según uno de los mayores teóricos en el estudio del hecho religioso, sir James Frazer, autor de La Rama Dorada, la era de la magia habría precedido a la de la religión. De esta manera, y siguiendo los presupuestos de Hegel, el hombre primitivo habría intentado controlar a las fuerzas de la naturaleza mediante la realización de una serie de hechizos y encantamientos. El fracaso del mago o hechicero, habría dado lugar a la aparición de una era de la religión, en la que el ser humano, apelaba a unas fuerzas sobrenaturales y a los dioses mediante la oración y los métodos suasorios del sacrificio, sustituyendo los conjuros mágicos del método anterior. 



Desde la publicación del libro de Frazer, los historiadores y antropólogos han descubierto, en cambio, que este esquema no es tan sencillo como en un principio podría parecer, ya que en todas las comunidades primitivas, ambas disciplinas aparecen inexorablemente unidas. Para E. O. James, lo que diferencia a la magia de la religión es la "naturaleza y función de sus respectivos sistemas de ideas y prácticas". La primera se distingue por la manera en que determinadas acciones son realizadas para hacer actuar al hecho sobrenatural, mientras que la religión presupone la existencia de dioses o seres espirituales ajenos al hombre, y que controlan los hechos de la naturaleza a su antojo. Mientras que la magia es coactiva con estos dioses, la religión sería personal y suplicatoria. 


El problema a la hora de clasificar los sistemas de creencias de las comunidades primitivas, pero también actuales, consiste en la complejidad para trazar una linea que delimite ambos conceptos, ya que no es infrecuente adoptar una actitud religiosa frente a objetos y acciones que bien podrían ser considerados mágicos. Un claro ejemplo es la costumbre de los pueblos prehistóricos de cubrir con sangre o almagre ciertos amuletos para proporcionarles un poder sobrenatural. En este sentido, la utilización de la sangre podría derivar de su poder sacro inherente, pero también podría ser una encarnación de la sacralidad que los dioses le han infundido voluntariamente, por lo que su clasificación como idea mágica o religiosa es difícil de establecer. 


Aunque hay autores que reivindican la esencia mágica en religiones regladas, una mayoría no lo hace y no pueden considerar al sacerdote un simple descendiente del mago, ni que la religión sea una consecuencia lógica de una creencia mágica ineficaz para controlar los procesos naturales. Ensalmos y encantamientos, aparecen estrechamente vinculados con las oraciones y súplicas, aun así es posible distinguir un hecho religioso de otro mágico. Para E. O. James, la religión se caracteriza por la realización de unos actos de adoración realizados con respeto reverencial, y con una actitud de humillación en presencia de unos dioses a los que no se les puede coaccionar. 


En un estado intermedio estarían los elementos típicamente mágicos, pero que tomados en conjunto adquieren un sentido religioso, los cuales serían calificados con el término de "mágico-religioso".

lunes, 5 de diciembre de 2016

CONSECUENCIAS SOCIALES DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. TEXTOS.


“En esta fábrica trabajan mil quinientas personas, y más de la mitad tienen menos de quince años. La mayoría de los niños están descalzos. El trabajo comienza a las cinco y media de la mañana y termina a las siete de la tarde, con altos de media hora para el desayuno y una hora para la comida. Los mecánicos tienen media hora para la merienda, pero no los niños ni los otros obreros (...).
Cuando estuve en Oxford Road, Manchester, observé la salida de los trabajadores cuando abandonaban la fábrica a las doce de la mañana. Los niños, en su casi totalidad, tenían aspecto enfermizo; eran pequeños, enclenques e iban descalzos. Muchos parecían no tener más de siete años. Los hombres en su mayoría de dieciséis a veinticuatro años, estaban casi tan pálidos y delgados como los niños. Las mujeres eran las de apariencia más saludable, aunque no vi ninguna de aspecto lozano (...). Aquí vi, o creí ver, una raza degenerada, seres humanos achaparrados, debilitados y depravados, hombres y mujeres que no llegarán a ancianos, niños que nunca serán adultos sanos. Era un espectáculo lúgubre (...)”
Charles Turner Thackrah. Los efectos de los oficios, trabajos y profesiones, y de las situaciones civiles y formas de vida, sobre la salud y la longevidad. 1832.


"Tuve frecuentes oportunidades de ver gente saliendo de las fábricas y ocasionalmente atenderles como pacientes. El pasado verano visité tres fábricas algodoneras con el Dr. Clough de Preston y con el Sr. Baker de Manchester y no fuimos capaces de permanecer diez minutos en la fábrica sin empezar a jadear por falta de aire. ¿Cómo es posible que quienes están condenados a permanecer ahí doce o catorce horas lo soporten? Si tenemos en cuenta la temperatura del aire y su contaminación no puedo llegar a concebir como los trabajadores pueden soportar el confinamiento durante tan largo periodo de tiempo."
Declaraciones efectuados por el Dr. Ward de Manchester en una investigación sobre la salud en las fábricas textiles en marzo de 1819.


“Las influencias desfavorables, en los obreros, del trabajo de la fábrica son: 1. La desagradable necesidad de constreñir sus esfuerzos intelectuales y físicos a un paso igual al del movimiento de la máquina (...) 2. La persistencia en una posición recta, por espacios de tiempo demasiado largos (...) 3. La privación del sueño por la larga jornada de trabajo (...) Los locales de trabajo, frecuentemente, son bajos, deprimentes, polvorientos y húmedos, el aire impuro, la atmósfera recalentada, y continua transpiración (...) El muchacho de la fábrica no tiene un momento libre fuera del destinado a almorzar, y sólo entonce sale al aire libre (...)
F. Engels. La situación de la clase obrera. (Informe del Dr. D. Barry). 1845.


"Trabajo en el pozo de Gawber. No es muy cansado, pero trabajo sin luz y paso miedo. Voy a las cuatro y a veces a las tres y media de la mañana, y salgo a las cinco y media de la tarde. No me duermo nunca. A veces canto cuando hay luz, pero no en la oscuridad, entonces no me atrevo a cantar. No me gusta estar en el pozo. Estoy medio dormida a veces cuando voy por la mañana. Voy a escuela los domingos y aprendo a leer. (...) Me enseñan a rezar (...) He oído hablar de Jesucristo muchas veces. No sé por qué vino a la tierra y no sé por qué murió, pero sé que descansaba su cabeza sobre piedras. Prefiero, de lejos, ir a la escuela que estar en la mina."
Declaraciones de la niña Sarah Gooder, de ocho años de edad. Testimonio recogido por la Comisión Ashley para el estudio de la situación en las minas, 1842.


“Existen todavía otras causas que debilitan la salud de gran número de trabajadores. Ante todo, la bebida; todas las seducciones, todas las posibles tentaciones, se juntan para empujar al obrero a la pasión de la bebida. El aguardiente es para los trabajadores casi la única fuente de goces, y todo conspira para que se estreche el círculo a su alrededor. El obrero vuelve al hogar cansado y hambriento; encuentra una habitación sin ninguna comodidad, sucia, inhospitalaria; necesita en forma apremiante algún alivio (...) Su sociabilidad puede solamente satisfacerse en la hostería, pues no tiene otro lugar donde encontrarse con sus amigos (...) La pasión de la bebida ha cesado aquí de ser un vicio; por eso pueden ser excusados los viciosos; constituye un fenómeno natural.”
Friederich Engels. La situación de la clase obrera en Inglaterra. 1845.


"La clase toma realidad cuando algunos hombres, a consecuencia de unas experiencias comunes (heredadas o compartidas), perciben una identidad de intereses y la articulan entre ellos y en contra de otros hombres cuyos intereses son distintos (y generacionalmente opuestos) a los suyos."
E. P. Thompson. La formación de la clase social obrera inglesa.

viernes, 2 de diciembre de 2016

LA LEY GLASS STEAGALL Y LA HERENCIA CLINTON

Wall Street seis meses después del Crash del '29.

En 1929 la especulación financiera llevó al mundo al conocido como Crash del '29. En la memoria colectiva está muy presente la imagen de un banquero suicidándose desde el piso más alto de cualquier torre de oficinas de Nueva York, pese a que hay más de leyenda que de realidad en el suicidio de ex-millonarios en esta gran crisis, lo que sí es cierto es que occidente dejó de creer en el progreso continuo del ser humano, todo se puso en cuestión, y mientras Europa afrontaba esta nueva realidad dándose un baño de fascismo, los Estados Unidos de América lo hicieron de una forma muy diferente.

En 1933 Franklin D. Roosevelt llegaba a la presidencia "usana", desde allí su mítica frase "Prefiero rescatar a los que producen alimentos que a los que producen miseria" ponía en marcha su política del New Deal (nuevo trato) y con ella la famosa ley Glass Steagall, pseudónimo popular bajo el que se haya la Ley "Banking Act" (Pub. L. No. 73-66, 48 Stat. 162), cuya finalidad era la de controlar la especulación financiera responsable de la crisis que amenazaba con hundir al mundo civilizado.

Franklin D. Roosevelt
La ley Glass Steagall marcaba una banca bifurcada en depósitos e inversión (wall street), de tal forma que nadie podía especular con el dinero depositado por los ahorradores. Igualmente se establecían medidas anti-monopolio evitando macroestructuras financieras, y a la vez se prohibía que la banca participase en los consejos de administración de las empresas industriales, comerciales y de servicios, como por ejemplo la prensa.

El New Deal y la ley Glass Steagall permitieron a Estados Unidos afrontar la profunda crisis y desigualdad social sin caer en brazos de los fascistas y a la vez les preparó para entrar en la Segunda Guerra Mundial, auténtico motor económico que terminó por colocarles al frente de un nuevo imperio global. Tras la Segunda Guerra Mundial la herencia del New Deal y de Roosvelt se sustanció en el famoso Plan Marshall y en políticas de capitalismo mixto que mientras permitían un mercado libre, el estado mantenía en su poder los sectores estratéticos de cada país, a la vez que se imponían fuertes impuestos a los más ricos y a los altos beneficios de las empresas más grandes. Esto dio como resultado el llamado Estado del Bienestar, algo que los multimillonarios y tiburones de las finanzas permitieron como un contrato temporal mientras durara la amenaza comunista, ya que había que ofrecer un mundo mejor que el que prometían los soviéticos. Así se hizo.

Bill Clinton
Sin embargo tras la caída del muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética, así como el auge de nuevas, aunque en realidad viejas, teorías económicas liberales, como el neoliberalismo enarbolado por Thatcher y Reagan, con Hayek y Friedman de ideólogos de cabecera, colocaban al estado del bienestar en entredicho y lanzaban a occidente a una auténtica contrarevolución, la de los ricos que se negaban a pagar impuestos. La exigencia de crecimiento económico continuo para sostener lo que antes se sostenía impositivamente, así como la demanda de crédito fácil, para exactamente lo mismo, dio como resultado que en 1999 Bill Clinton, en apariencia socialdemócrata, derogara definitivamente la ley Glass Steagall. El resultado no tardó en llegar ni 10 años, el 15 de septiembre de 2008 Lehman Brothers, una de las compañías de servicios financieros más grande del mundo, se declaraba en quiebra.



lunes, 28 de noviembre de 2016

JORGE JUAN. UN PATRIOTA AL SERVICIO DE LA NACIÓN





Javier Martínez Pinna y Diego Peña.

En marzo de 1766 el pueblo de Madrid asaltaba las calles de la capital, levantando un grito de protesta contra el que en aquel momento era el principal ministro del rey, el marqués de Esquilache. El exorbitado aumento de precios de los productos de primera necesidad, entre ellos el pan, unido a la enorme impopularidad del político italiano por la reciente prohibición del uso de la vestimenta tradicional, incitaron el ánimo de unos madrileños convenientemente manipulados por los sectores más reaccionarios de la corte, cuyo único interés era terminar con la política reformista impulsada por los ministros de Carlos III.

Durante este siglo XVIII, la Ilustración española había sido considerada algo así como una especie de afrenta a los valores tradicionales patrios, e incluso como una desviación del característico modo de ser de un país que había pasado de puntillas por el Renacimiento, que no había conocido la revolución científica y cuya burguesía emprendedora brillaba por su ausencia. A pesar de todo, la nueva realidad surgida en la política internacional después de la Guerra de Sucesión y la muy posterior firma del primer pacto de familia entre España y Francia, hizo casi inevitable la apertura del país hacia las novedosas tendencias culturales e ideológicas procedentes de Europa, favoreciendo la aparición de un grupo de españoles preocupados por los males que aquejaban al país, y que estaban dispuestos a colaborar con una serie de reformas tendentes a superar la decadencia en la que se encontraba España desde tiempos ya demasiado lejanos.

Los problemas que tuvieron que superar estos primeros ilustrados, fueron tan extraordinarios que no encontraron otro remedio más que salir de España para formarse en las más prestigiosas escuelas del viejo continente. Precisamente, la necesidad de abandonar el país se terminó convirtiendo en una de las características fundamentales de nuestra Ilustración, cuyo nacimiento se forjó viajando por los interminables caminos de una Europa cada vez más alejada de la superstición, pero también por la influencia de unos libros que poco a poco empezaron a llenar las bibliotecas de estos intelectuales al servicio de la nación.

Uno de ellos fue Jorge Juan, nacido en la pequeña localidad alicantina de Novelda para terminar convirtiéndose en una de las mentes más preclaras del panorama intelectual español en el siglo XVIII. Aunque por encima de todo destacó por su faceta científica, como un gran ingeniero naval y matemático, Jorge Juan fue también reconocido como lo que realmente fue, un auténtico humanista empeñado en denunciar los males que aquejaban a la sociedad española de la época, pero siempre desde su sentido ilustrado y desde la más estricta tolerancia que su contexto histórico, social y económico le permitía.

El navegante alicantino vino al mundo el día 5 de enero de 1713 en la hacienda de El Fondonet, que los Juan tenían en el término actual de Novelda. A pesar de que los biógrafos albergan pocas dudas sobre este episodio, el estudio de su partida de bautismo nos sumerge en la duda ya que el sacerdote que lo bautizó, mosén Ginés Pujalte, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves en Monforte del Cid, cometió el imperdonable error de no consignar el lugar exacto en donde nació, provocando una secular disputa entre las dos localidades levantinas.

Jorge Juan fue el mayor de los tres hijos que tuvieron Bernardo Juan Canicia, miembro destacado de la nobleza alicantina, y la ilicitana Violeta Santacilia Soler, ambos casados en segundas nupcias en el año 1711. Con tan solo tres años de edad, el pequeño Jorge tuvo que afrontar la primera de las pruebas que el destino, siempre caprichoso, se empeñó en ponerle en su camino, cuando de forma repentina murió su padre, lo que le obligó a abandonar su casa situada en la Plaza del Mar de Alicante, para desplazarse a Elche, en donde permaneció hasta los seis años, en los que abandonó la compañía materna para volver a su hogar e iniciar sus estudios en el colegio de la Compañía de Jesús de la capital alicantina. Una vez allí, Jorge Juan dio muestras de las sobradas actitudes que más tarde le llevarían a convertirse en uno de los científicos más prestigiosos de nuestra historia, y por eso, unos años más tarde se terminó trasladando hasta Zaragoza para continuar su formación, junto a su tío paterno, Cipriano Juan, bailío de Caspe y caballero de la Orden de Malta.

La progresión de Jorge Juan se intuía imparable, pero hemos de suponer que su gran vocación fue el mar, porque con tan sólo doce años fue enviado a Malta como paje del Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, ingresando en la prestigiosa Escuela Naval, para adquirir unos sólidos conocimientos naúticos, matemáticos y cartográficos, fundamentales para protagonizar la gran expedición por la que siempre fue recordado.

En 1730 ingresó en la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, reforzando su fama de alumno aventajado y destacando en el estudio de las asignaturas técnicas como la geometría, las observaciones astronómicas, cálculo, navegación o hidrografía, pero también en las de corte humanístico, razón por la que se ganó el sobrenombre de Euclides. Jorge Juan tampoco fue ajeno a la propagación de las ideas ilustradas en una ciudad como Cádiz, cuyo puerto comercial se terminó convirtiendo en una especie de puerta de entrada de las corrientes enciclopedistas procedentes de Europa. La influencia de estas nuevas ideas fue aún mayor en el joven marino alicantino ya que hasta el año 1734, en el que finalizó con éxito sus estudios de Guardia Marina, tuvo ocasión de navegar por todo el Mediterráneo en unos navíos comandados entre otros por el célebre Blas de Lezo o por el Marqués de la Victoria.

Pero antes de adentrarnos en las aportaciones de Jorge Juan a la ciencia hemos de hacer una parada para contextualizar el hecho de la ilustración en España y el porqué de su desarrollo desde nuestra armada. Para ello hemos de entender el sesgo comedido de las ideas ilustradas o la escasa penetración de la ciencia en nuestras instituciones. En España no se llegó a fundar una Real Academia de las Ciencias como sí se hizo en Londres, París, Berlín o San Petersburgo. En nuestro país se ha de hablar de focos ilustrados más que de una etapa ilustrada propiamente dicha. Uno de estos focos fue la armada española, donde una élite cultural servirá de sutil transmisor de ideas al resto de la sociedad civil a mediados del s. XVIII, siempre bajo la tutela y permiso del monarca y la implacable vigilancia de la iglesia católica.

La guerra de sucesión al trono (1701 – 1713) dejó en entredicho las otrora gloriosas estructuras militares de un Imperio que se desmoronaba a pasos de gigante. Al acceder al trono, Felipe V trajo consigo el absolutismo ilustrado que iniciara su abuelo Luis XIV, el rey Sol, un movimiento que irónicamente puso las bases a la futura revolución francesa. Ante esta situación Felipe V encargó a su ministro José Patiño, la Intendencia General de Marina, la Superintendencia del Reino de Sevilla y la presidencia del Tribunal de la Contratación de Indias. Todo ello con la intención de recuperar y desarrollar la marina española y el comercio con las Indias, pero también la defensa de las costas atlánticas, mediterráneas y americanas.

Para ello se instaló en Cádiz el centro naval de mayor importancia de España, impregnando desde el minuto cero a la armada española de un fuerte sesgo ilustrado, heredado de la marina francesa. Inmediatamente se puso de relieve otra gran carencia de la oficialidad Española, esto es, la escasa formación de nuestros mandos, en parte porque en ocasiones los puestos de mayor relevancia recayeron entre los miembros de una nobleza acomodada y guerrera, que no tenía necesidad de demostrar una valía más allá de la de origen divino por virtud de su cuna. La apuesta de Patiño estuvo en formar oficiales tanto para la guerra como para la ciencia, sobre todo en el mar. Éste es el origen de la creación de la Real Compañía de Guardias Marinas en 1717, primera Escuela Académica Naval de España en donde, como ya sabemos, se formó el propio Jorge Juan.

En este contexto académicos franceses mostraron su interés en el año 1734 de medir en Quito un arco de Meridiano bajo el Ecuador, hecho que permitiría una mayor precisión científica en el desarrollo de la cartografía. Luis XV de Francia pidió a Felipe V que dichos académicos viajasen con la armada española a América para llevar a cabo su importante investigación. Al menos en esta ocasión, el rey español supo estar a la altura porque exigió que en dicha misión embarcasen los jóvenes oficiales Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en un viaje que al final les marcaría para el resto de sus vidas.

Carta Geográfica de la Costa Occidental en la Audiencia del Quito (1751), por Jorge Juan y Antonio de Ulloa

Para ello se les ascendió a tenientes de navío, Jorge Juan se encargaría de la astronomía y la matemática, y Ulloa sería el naturalista. Además se les ordenaron trabajos de corte histórico, descriptivo, cartográfico, botánico y mineralógico. Y también tareas de información sobre la situación social y política de las posesiones del monarca en ultramar, amén de la vigilancia de los académicos franceses. Partieron de Cádiz en 1735, y en el horizonte les esperaban nueve años de durísimos trabajos, durante los cuales estos caballeros del punto fijo, recorrieron zonas de costa y de montaña con altitudes próximas a los 5.000 metros, y, en muchas ocasiones, tuvieron que atender tareas defensivas en plazas del Perú contra el almirante inglés Anson (¿cómo no?)

Fruto de este viaje se llegó a conclusiones tan importantes como que la Tierra está achatada por los polos. La resolución de este problema zanjaba una controversia que se remontaba a los filósofos griegos, siendo el último siglo el más dinámico con un airado debate entre dos escuelas enfrentadas, la que defendía la forma elongada de los polos, del académico Cassini, o la de los que pensaban que estaba achatada, defendida entre otros por Maupertius o Newton. La expedición zanjaría el asunto con la demostración de que estos últimos tenían la razón.

Tras el viaje, Felipe V encargó a Jorge Juan que permaneciera en América documentando la organización territorial, siendo ascendido a su regreso a capitán de navío. Jorge Juan pasó en total diecinueve años en las Indias. A su regreso el marqués de la Ensenada decidió que era el hombre indicado para encargarse de la total modernización de la armada española. Para ello se le encargaría espiar en Londres los astilleros del Támesis. Llegó, con su falsa identidad, Mr. Josues, a codearse con el primer ministro John Russell, que ordenaría poco después darle caza por espía. Acertadamente Jorge Juan intuyó una más que inevitable guerra marítima con Inglaterra por la supremacía en América. Las colonias estarían en peligro si no se modernizaban nuestros barcos. Llegó a documentar los usos preindustriales como el barco de vapor así como puntuales planes de ataques ingleses a colonias americanas de España...


El 2 de mayo de 1860 sus restos mortales fueron depositados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz).