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miércoles, 26 de abril de 2017

JUAN PABLO CARRIÓN. LOS PRIMEROS DE FILIPINAS.




Cuadro del siglo XVI en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión


El personaje del mes. Juan Pablo Carrión. Los primeros de Filipinas.

Diego Peña & Javier Martínez-Pinna 


...En el año 1580 un pirata nipón conocido como Tay Fusa trataba de imponer su autoridad en la provincia de Cagayán (isla de Luzón), forzando a los nativos a prestarle vasallaje. Los piratas ronin buscaban el oro filipino, afamado en Japón, por lo que el archipiélago quedó sometido a ataques e incursiones nipones durante todo el s. XVI y parte del s. XVII. 

Tras las continuadas quejas del gobernador general a Felipe II, en el que describía a los japoneses como “la gente más belicosa que hay por aquí” el rey toma la decisión de encargar, en el año 1582, a Juan Pablo Carrión de acabar con los samuráis de Cagayán. A partir de este momento asistimos a algo más profundo que a un enfrentamiento armado. Será el choque, único en la historia, entre las armas feudales japonesas y el acero toledano, entre las modernas técnicas de navegación y combate imperial contra las rápidas naves piratas de los mares del sur, y entre la superioridad numérica y la ferocidad individual del guerrero nipón frente al orden de combate y la disciplina de un ejército regular imperial.

Las fuerzas españolas contaban con 40 soldados, una galera (seguramente de guerra provista con un cañón, dos culebrinas a proa y una a popa, un cañón por lado y un arcabuz), cinco embarcaciones pequeñas de apoyo y un navío ligero. Enfrente los japoneses contaban con un junco (embarcación estable y de gran empuje que podía navegar en aguas poco profundas), 18 champanes (embarcación propia de los pescadores chinos y que navegaba en ríos y cerca de las costas) y más de 1.000 piratas ronin.

Ronin: guerrero samurai sin señor.
La superioridad de las embarcaciones españolas era más que evidente, y muy posiblemente fue determinante para explicar el resultado de la batalla que estaba a punto de iniciarse. El de Carrión obligó a retirarse a un buque pirata en el mar de China, provocando la ira de Tay Fusa que puso rumbo a Filipinas, obligando al capitán Carrión a una defensa rápida reuniendo para ello a su reducido contingente. La galera española, la Capitana, se preparó para el combate contra uno de los barcos japoneses disparando su artillería y dejando el barco destrozado y lleno de muertos en cubierta, lo que posibilitó un fácil abordaje, que se vio contundentemente frenado, dada la superioridad numérica de los nipones. Carrión, con 69 años de edad, dirigía en persona el ataque provisto de media armadura de acero. El orden de combate, propio de los tercios de Flandes, situaba a los piqueros delante, arcabuceros en segunda línea y mosqueteros detrás, formando un muro contra un feroz enemigo que poco a poco les obligaba a retroceder. El capitán palentino consiguió hacer una barrera con la briza de la verga mayor, sajándola de golpe con su acero, y permitiendo el parapeto de arcabuceros y mosqueteros que desde allí pudieron disparar haciendo estragos en las desprotegidas filas piratas. Los piqueros y rodeleros aprovecharon las bajas enemigas para saltar sobre ellos de manera salvaje mientras otra embarcación española, el San Yusepe, lanzaba ráfagas de artillería que mantenía entretenidos a los artilleros nipones. La sorpresa y las bajas obligaron a los piratas a una retirada, saltando y nadando hacia la costa, pereciendo muchos de los ronin por el peso de sus armaduras samurái. Tras esta decisiva batalla, Juan Pablo Carrión continuó por el río Grande Cagayán donde se topó con 18 champanes, y allí las culebrinas y arcabuces volvieron a hacer estragos. Posteriormente los españoles desembarcaron para hacerse fuertes cerca de las huestes enemigas, desde una trinchera en tierra siguieron hostigando a los piratas con cañones que habían traído de los barcos. Tras un infructuoso intento nipón de negociar una retirada honrosa, los japoneses decidieron atacar con 600 soldados a los españoles atrincherados. Tres fueron las embestidas que los nipones hicieron antes de penetrar definitivamente en las defensas donde 30 soldados españoles, agotados y sin pólvora, plantaron cara al resto del contingente pirata, acuchillándolos sin piedad hasta provocar su estampida final, sólo se salvaron los samuráis que pudieron correr más rápido...

jueves, 8 de diciembre de 2016

MARÍA PITA Y LA HEROICA DEFENSA DE A CORUÑA.


Poco después de la derrota de la Armada Invencible, los ingleses prepararon su poderosa Contraarmada, a cuyo frente se puso el sanguinario sir Francis Drake. Sus intenciones eran claras: se debía de terminar de una vez por todas con el peligro que suponía la aún poderosa flota española.


Diego Peña & Javier Martínez-Pinna

... No había tiempo que perder, cada minuto contaba para organizar las exiguas defensas de una ciudad dispuesta a afrontar la lucha contra una fuerza claramente superior. En estas circunstancias, resultaba fundamental evitar la entrada de los buques ingleses en la zona portuaria y por eso se ordenó a dos galeras y al galeón San Juan que tomasen posiciones y se mantuviesen alertas. Mientras tanto, la compañía de Don Jerónimo de Monroy, con el apoyo de un reducido grupo de vecinos coruñeses, se dirigió hasta el fuerte para armar sus cañones y responder con toda su fuerza el más que previsible intento de los ingleses de tomar el puerto y la estratégica zona de la Pescadería.

La decisión no pudo ser más acertada, porque inmediatamente los ingleses rompieron las hostilidades, iniciando su ataque con la intención de superar esta primera línea defensiva, pero su tentativa fue abortada merced al empeño de unos españoles que pusieron en funcionamiento toda su artillería, obligando a los navíos ingleses a recular para no verse envueltos en un fuego cruzado procedente del fuerte y de los barcos hispanos, especialmente del San Juan. Esto obligó a los ingleses a desembarcar a sus hombres en la playa de Santa María de Oza, junto con buena parte de su artillería.




La ciudad apenas contaba con efectivos militares intramuros, unos 1.500, por lo que la población civil tuvo que formar milicias de defensa, al tiempo que se apremiaba a la compañía de Betanzos a desplazarse hasta La Coruña a través del camino de Bergantiños. La situación se fue tornando en desesperada porque por primera vez los defensores fueron conscientes del peligro al que se enfrentaban. El galeón español se dispuso a jugar una partida cuyo resultado estaba escrito de antemano, pero aún así no cejó en su empeño y se empleó a fondo para tratar de frenar, aunque sólo fuese por unas horas, el imparable avance inglés desde la playa. Al mismo tiempo, el capitán Troncoso se puso al frente de unos 150 arcabuceros, los cuales mostrando una valentía casi temeraria, hicieron una nueva salida para entorpecer las maniobras de los ingleses, pero su aplastante superioridad numérica terminó por hacerles retroceder hasta el alto de Santa Lucía, en donde se batieron a sangre y fuego, antes de verse obligados a buscar refugio entre los muros de la ciudad.

Esta primera noche de asedio fue intranquila, pero al menos los coruñeses recibieron una buena noticia, la de la anhelada llegada desde Betanzos de dos compañías con armas y víveres. Pero la alegría duró poco, porque cuando empezó a despuntar el alba, el general británico Norris ordenó el asalto a la débil muralla de la Pescadería, empleando casi todos sus efectivos, mientras que sus muy superiores fuerzas artilleras se cebaban sobre las galeras españolas que, totalmente copadas, no tuvieron más remedio que abandonar cualquier esperanza de resistencia. Animados por este primer éxito, los ingleses prosiguieron con su ataque, centrando su atención sobre el San Juan y nuevo galeón que había logrado penetrar en el puerto para apoyar su defensa, el San Bartolomé, al tiempo que decenas de barcos ingleses se empleaban a fondo para silenciar la resistencia del fuerte. En el punto álgido de la batalla, miles de soldados ingleses iniciaron el asalto a la muralla de la Pescadería, contestada con gran valentía por unos españoles que perdieron 70 soldados y unos 200 vecinos, y cuyo sacrificio no fue suficiente para evitar la retirada de los defensores de la ciudad hacia posiciones más seguras.




La vehemencia del empuje británico hizo que se alcanzase el momento crítico en esta lucha a muerte por la supervivencia de la ciudad española. Años después, el capitán Juan Varela llegó a afirmar que si los ingleses hubiesen intentado penetrar en la Ciudad Vieja, lo habrían conseguido sin dificultad, entre otras cosas porque la mayor parte de los soldados españoles se encontraban defendiendo el arrabal, estando las puertas de la ciudad prácticamente desguarnecidas. Afortunadamente, cuatro arcabuceros españoles fueron conscientes del peligro y por eso marcharon hacia la puerta principal, abriendo fuego inmediato sobre los primeros ingleses que se acercaron a ellos, haciéndoles creer que esta posición estaba fuertemente guarnecida.

Esta actitud también pudo verse influida porque los ingleses aprovecharon la retirada española para iniciar un concienzudo saqueo de la zona de la Pescadería, desatando el terror entre los pocos que se habían quedado rezagados, al ver con sus propios ojos como los endemoniados anglos saqueaban a placer, destrozaban las cosechas y se hacían con todas las vituallas presentes en las bodegas que encontraron en su camino. Afortunadamente, los ingleses dieron rienda suelta a su pasión por el vino al dar buena cuenta de todo el alcohol que encontraron en la zona. Hemos de suponer la terrible cogorza que sufrieron más de uno para celebrar anticipadamente la gran victoria que el destino les tenía reservado, pero esto fue aprovechado por los españoles para asesinar a muchos ingleses cuando aún estaban bajo los efectos del vino.

A pesar de todo, la pérdida de esta parte de la ciudad se daba por segura, por lo que la supervivencia del San Juan se consideró inasumible, ordenando a su tripulación abandonar la nave, no sin antes preparar una nueva sorpresa para los asaltantes, al situar unos barriles de pólvora en el buque que hicieron estallar cuando los ingleses subieron en él, provocando la muerte de 15 de ellos.

Llegados a este punto el oficial al mando, John Norris, se vio confiado de tomar la parte alta de la ciudad, donde tras sus murallas esperaba un contingente defensivo formado por lo que quedaba de la pobre guarnición de la ciudad, y por las milicias civiles, muchas de ellas mujeres y niños dispuestos a entregar antes sus vidas que la ciudad. Es aquí donde nos adentramos en aguas turbulentas, entre lo que nos cuenta la historia y lo que nos dice la leyenda. No sabemos si es del todo cierto lo que se nos cuenta de María Pita, pero lo que sí sabemos es que los ciudadanos coruñeses se enfrentaron a una tropa profesional a cara de perro, superior en número y cuyo pronóstico más acertado era que acabarían invadidos y sometidos. Esto nos hace sospechar que si no fue María Pita el detonante de la furia popular sería otro del igual calado, o varios, o incluso toda una ciudad que no quería verse sin sus posesiones y con sus mujeres e hijas sometidas por una tropa sedienta de saqueo.




Después de una semana de feroz resistencia, el 14 de mayo una explosión abrió una brecha en la muralla defendida por los coruñeses en la ciudad alta, allí un oficial inglés arengaba a las tropas y se disponía a clavar la pica con la bandera inglesa en lo alto de la fortificación. En ese momento la escena se congela para observar a un matrimonio, regentes de una de las carnicerías de la ciudad, frente al muro derrumbado, él yacente, inerte, sin vida en el suelo, y su mujer arrodillada junto al cadáver de su marido. María se puso en pie mirando al inglés que intentaba alzar la bandera, para después coger una espada del suelo, y al grito de “quién tenga honra, que me siga” atravesar de parte a parte al oficial británico, dándole muerte y robándole la enseña. Este acto heroico soliviantó la defensa de la ciudad y sumió en el desasosiego y la desesperación a las fuerzas de invasión. Además, en su precipitación los hombres de Drake cometieron un error que al final les salió muy caro, porque un gran número de atacantes se abalanzó sobre la muralla justo en el momento en el que estallaba una mina, haciendo que los cascotes hiriesen de muerte a varias decenas. Fue entonces cuando empezaron a proliferar las bajas inglesas que estaban en retroceso del terreno ganado, comenzando las huidas y deserciones, provocando que el mismísimo Francis Drake ordenase la retirada. La situación no la dejaron escapar las escasas compañías de infantería españolas que seguían combatiendo en el interior de La Coruña, porque sin pensárselo dos veces volvieron a cargar contra las fuerzas agresoras, que ahora sí, se encontraban en total desbandada...

lunes, 28 de noviembre de 2016

JORGE JUAN. UN PATRIOTA AL SERVICIO DE LA NACIÓN





Javier Martínez Pinna y Diego Peña.

En marzo de 1766 el pueblo de Madrid asaltaba las calles de la capital, levantando un grito de protesta contra el que en aquel momento era el principal ministro del rey, el marqués de Esquilache. El exorbitado aumento de precios de los productos de primera necesidad, entre ellos el pan, unido a la enorme impopularidad del político italiano por la reciente prohibición del uso de la vestimenta tradicional, incitaron el ánimo de unos madrileños convenientemente manipulados por los sectores más reaccionarios de la corte, cuyo único interés era terminar con la política reformista impulsada por los ministros de Carlos III.

Durante este siglo XVIII, la Ilustración española había sido considerada algo así como una especie de afrenta a los valores tradicionales patrios, e incluso como una desviación del característico modo de ser de un país que había pasado de puntillas por el Renacimiento, que no había conocido la revolución científica y cuya burguesía emprendedora brillaba por su ausencia. A pesar de todo, la nueva realidad surgida en la política internacional después de la Guerra de Sucesión y la muy posterior firma del primer pacto de familia entre España y Francia, hizo casi inevitable la apertura del país hacia las novedosas tendencias culturales e ideológicas procedentes de Europa, favoreciendo la aparición de un grupo de españoles preocupados por los males que aquejaban al país, y que estaban dispuestos a colaborar con una serie de reformas tendentes a superar la decadencia en la que se encontraba España desde tiempos ya demasiado lejanos.

Los problemas que tuvieron que superar estos primeros ilustrados, fueron tan extraordinarios que no encontraron otro remedio más que salir de España para formarse en las más prestigiosas escuelas del viejo continente. Precisamente, la necesidad de abandonar el país se terminó convirtiendo en una de las características fundamentales de nuestra Ilustración, cuyo nacimiento se forjó viajando por los interminables caminos de una Europa cada vez más alejada de la superstición, pero también por la influencia de unos libros que poco a poco empezaron a llenar las bibliotecas de estos intelectuales al servicio de la nación.

Uno de ellos fue Jorge Juan, nacido en la pequeña localidad alicantina de Novelda para terminar convirtiéndose en una de las mentes más preclaras del panorama intelectual español en el siglo XVIII. Aunque por encima de todo destacó por su faceta científica, como un gran ingeniero naval y matemático, Jorge Juan fue también reconocido como lo que realmente fue, un auténtico humanista empeñado en denunciar los males que aquejaban a la sociedad española de la época, pero siempre desde su sentido ilustrado y desde la más estricta tolerancia que su contexto histórico, social y económico le permitía.

El navegante alicantino vino al mundo el día 5 de enero de 1713 en la hacienda de El Fondonet, que los Juan tenían en el término actual de Novelda. A pesar de que los biógrafos albergan pocas dudas sobre este episodio, el estudio de su partida de bautismo nos sumerge en la duda ya que el sacerdote que lo bautizó, mosén Ginés Pujalte, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves en Monforte del Cid, cometió el imperdonable error de no consignar el lugar exacto en donde nació, provocando una secular disputa entre las dos localidades levantinas.

Jorge Juan fue el mayor de los tres hijos que tuvieron Bernardo Juan Canicia, miembro destacado de la nobleza alicantina, y la ilicitana Violeta Santacilia Soler, ambos casados en segundas nupcias en el año 1711. Con tan solo tres años de edad, el pequeño Jorge tuvo que afrontar la primera de las pruebas que el destino, siempre caprichoso, se empeñó en ponerle en su camino, cuando de forma repentina murió su padre, lo que le obligó a abandonar su casa situada en la Plaza del Mar de Alicante, para desplazarse a Elche, en donde permaneció hasta los seis años, en los que abandonó la compañía materna para volver a su hogar e iniciar sus estudios en el colegio de la Compañía de Jesús de la capital alicantina. Una vez allí, Jorge Juan dio muestras de las sobradas actitudes que más tarde le llevarían a convertirse en uno de los científicos más prestigiosos de nuestra historia, y por eso, unos años más tarde se terminó trasladando hasta Zaragoza para continuar su formación, junto a su tío paterno, Cipriano Juan, bailío de Caspe y caballero de la Orden de Malta.

La progresión de Jorge Juan se intuía imparable, pero hemos de suponer que su gran vocación fue el mar, porque con tan sólo doce años fue enviado a Malta como paje del Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, ingresando en la prestigiosa Escuela Naval, para adquirir unos sólidos conocimientos naúticos, matemáticos y cartográficos, fundamentales para protagonizar la gran expedición por la que siempre fue recordado.

En 1730 ingresó en la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, reforzando su fama de alumno aventajado y destacando en el estudio de las asignaturas técnicas como la geometría, las observaciones astronómicas, cálculo, navegación o hidrografía, pero también en las de corte humanístico, razón por la que se ganó el sobrenombre de Euclides. Jorge Juan tampoco fue ajeno a la propagación de las ideas ilustradas en una ciudad como Cádiz, cuyo puerto comercial se terminó convirtiendo en una especie de puerta de entrada de las corrientes enciclopedistas procedentes de Europa. La influencia de estas nuevas ideas fue aún mayor en el joven marino alicantino ya que hasta el año 1734, en el que finalizó con éxito sus estudios de Guardia Marina, tuvo ocasión de navegar por todo el Mediterráneo en unos navíos comandados entre otros por el célebre Blas de Lezo o por el Marqués de la Victoria.

Pero antes de adentrarnos en las aportaciones de Jorge Juan a la ciencia hemos de hacer una parada para contextualizar el hecho de la ilustración en España y el porqué de su desarrollo desde nuestra armada. Para ello hemos de entender el sesgo comedido de las ideas ilustradas o la escasa penetración de la ciencia en nuestras instituciones. En España no se llegó a fundar una Real Academia de las Ciencias como sí se hizo en Londres, París, Berlín o San Petersburgo. En nuestro país se ha de hablar de focos ilustrados más que de una etapa ilustrada propiamente dicha. Uno de estos focos fue la armada española, donde una élite cultural servirá de sutil transmisor de ideas al resto de la sociedad civil a mediados del s. XVIII, siempre bajo la tutela y permiso del monarca y la implacable vigilancia de la iglesia católica.

La guerra de sucesión al trono (1701 – 1713) dejó en entredicho las otrora gloriosas estructuras militares de un Imperio que se desmoronaba a pasos de gigante. Al acceder al trono, Felipe V trajo consigo el absolutismo ilustrado que iniciara su abuelo Luis XIV, el rey Sol, un movimiento que irónicamente puso las bases a la futura revolución francesa. Ante esta situación Felipe V encargó a su ministro José Patiño, la Intendencia General de Marina, la Superintendencia del Reino de Sevilla y la presidencia del Tribunal de la Contratación de Indias. Todo ello con la intención de recuperar y desarrollar la marina española y el comercio con las Indias, pero también la defensa de las costas atlánticas, mediterráneas y americanas.

Para ello se instaló en Cádiz el centro naval de mayor importancia de España, impregnando desde el minuto cero a la armada española de un fuerte sesgo ilustrado, heredado de la marina francesa. Inmediatamente se puso de relieve otra gran carencia de la oficialidad Española, esto es, la escasa formación de nuestros mandos, en parte porque en ocasiones los puestos de mayor relevancia recayeron entre los miembros de una nobleza acomodada y guerrera, que no tenía necesidad de demostrar una valía más allá de la de origen divino por virtud de su cuna. La apuesta de Patiño estuvo en formar oficiales tanto para la guerra como para la ciencia, sobre todo en el mar. Éste es el origen de la creación de la Real Compañía de Guardias Marinas en 1717, primera Escuela Académica Naval de España en donde, como ya sabemos, se formó el propio Jorge Juan.

En este contexto académicos franceses mostraron su interés en el año 1734 de medir en Quito un arco de Meridiano bajo el Ecuador, hecho que permitiría una mayor precisión científica en el desarrollo de la cartografía. Luis XV de Francia pidió a Felipe V que dichos académicos viajasen con la armada española a América para llevar a cabo su importante investigación. Al menos en esta ocasión, el rey español supo estar a la altura porque exigió que en dicha misión embarcasen los jóvenes oficiales Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en un viaje que al final les marcaría para el resto de sus vidas.

Carta Geográfica de la Costa Occidental en la Audiencia del Quito (1751), por Jorge Juan y Antonio de Ulloa

Para ello se les ascendió a tenientes de navío, Jorge Juan se encargaría de la astronomía y la matemática, y Ulloa sería el naturalista. Además se les ordenaron trabajos de corte histórico, descriptivo, cartográfico, botánico y mineralógico. Y también tareas de información sobre la situación social y política de las posesiones del monarca en ultramar, amén de la vigilancia de los académicos franceses. Partieron de Cádiz en 1735, y en el horizonte les esperaban nueve años de durísimos trabajos, durante los cuales estos caballeros del punto fijo, recorrieron zonas de costa y de montaña con altitudes próximas a los 5.000 metros, y, en muchas ocasiones, tuvieron que atender tareas defensivas en plazas del Perú contra el almirante inglés Anson (¿cómo no?)

Fruto de este viaje se llegó a conclusiones tan importantes como que la Tierra está achatada por los polos. La resolución de este problema zanjaba una controversia que se remontaba a los filósofos griegos, siendo el último siglo el más dinámico con un airado debate entre dos escuelas enfrentadas, la que defendía la forma elongada de los polos, del académico Cassini, o la de los que pensaban que estaba achatada, defendida entre otros por Maupertius o Newton. La expedición zanjaría el asunto con la demostración de que estos últimos tenían la razón.

Tras el viaje, Felipe V encargó a Jorge Juan que permaneciera en América documentando la organización territorial, siendo ascendido a su regreso a capitán de navío. Jorge Juan pasó en total diecinueve años en las Indias. A su regreso el marqués de la Ensenada decidió que era el hombre indicado para encargarse de la total modernización de la armada española. Para ello se le encargaría espiar en Londres los astilleros del Támesis. Llegó, con su falsa identidad, Mr. Josues, a codearse con el primer ministro John Russell, que ordenaría poco después darle caza por espía. Acertadamente Jorge Juan intuyó una más que inevitable guerra marítima con Inglaterra por la supremacía en América. Las colonias estarían en peligro si no se modernizaban nuestros barcos. Llegó a documentar los usos preindustriales como el barco de vapor así como puntuales planes de ataques ingleses a colonias americanas de España...


El 2 de mayo de 1860 sus restos mortales fueron depositados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz).

domingo, 13 de noviembre de 2016

TOMAS MORO. UN HUMANISTA FRENTE A LA INTOLERANCIA



En los últimos años, la adopción de planteamientos políticos de tipo moderado ha sido visto con desdén, especialmente como consecuencia del innegable debilitamiento de las democracias occidentales y el auge de nuevos planteamientos políticos, situados en las antípodas de este mismo moderantismo, representados en un populismo creciente, que pretende convertirse en la única opción posible, frente a unas instituciones que no representan la voluntad y los intereses del pueblo.

Esta es la razón por la que muchos pretendemos volver la mirada hacia atrás, para encontrar un nuevo modelo que permita una cierta reconciliación social en un mundo cada vez más fragmentado. Uno de estos paradigmas lo tenemos en Tomás Moro, junto con Erasmo de Rotterdam, una de las figuras más destacadas del humanismo cristiano en la Europa renacentista. 

De él llama la atención, el reconocimiento que recibió de sectores tan enfrentados como el catolicismo, el liberalismo, el socialismo o el comunismo. Para los primeros, Moro destacó por su decidido apoyo y fidelidad a la unidad de la Iglesia Católica, razón por la que sufrió el martirio en 1535, cuando fue ejecutado, por orden de Enrique VIII, por oponerse al Acta de Supremacía y por su negación a aceptar el divorcio del rey inglés con Catalina de Aragón. Su aceptación de las tesis erasmistas también contribuyó a su elevación a los altares de la cristiandad, por hacer suyas las ideas del príncipe del humanismo nortealpino, el cual preconizaba una nueva religión más intimista y cercana a la cristianismo primitivo, basada en la imitación de Jesús para así hacer frente a la profunda crisis que atravesaba la Iglesia Católica a finales del siglo XV.

Moro fue también valorado por los historiadores liberales, por su afirmación de la supremacía del individualismo sobre el poder político, e incluso por los socialistas y comunistas, que vieron con buenos ojos el intento del inglés por establecer una sociedad ideal en su imaginario mundo de Utopía, en el que testimonia la influencia de su filosofía neoplatónica y el interés de los humanistas por mejorar la situación de la comunidad política, mediante los principios de la razón natural, estando en contra de los abusos de las clases privilegiadas y la codicia del nuevo catolicismo, y criticando la falta de visión cristiana en la toma de decisiones importantes.

El moderantismo de Moro fue repetidas veces puesto en entredicho, por su decidida apuesta a favor de la Iglesia durante la Reforma Protestante. Por este motivo fue difamado por autores marcadamente anticatólicos, como John Foxe, quien le acusó, injustamente, de torturar a los herejes durante su etapa como ministro de Justicia en el reino de Inglaterra. En su contra, autores como Peter Ackroyd le atribuyen una posición moderada y tolerante en su lucha contra el protestantismo, aunque el debate no se cerrará hasta que el académico alemán, Peter Berglar, demuestre que durante su etapa de gobierno entre 1509 y 1531 no se produjo ni una sola condena de muerte por herejía en la diócesis de Londres.

Encuentro de Moro con su hija después de ser condenado.

Como hemos visto, Tomás Moro fue acusado de alta traición por el pérfido y sádico rey inglés Enrique VIII. No fueron pocos los que protestaron contra tan injusta decisión, entre ellos el rey Carlos I de España, quién lo consideró el mejor pensador del momento. Su intento de parar la ejecución no tuvo ningún éxito, y finalmente fue decapitado un día de triste recuerdo: el 6 de julio de 1535. Poco segundos antes de ser decapitado, se dirigió a los presentes que esperaban en el Tower Hill y pronunció sus últimas palabras: I die being the King's good servant, but God's first (muero siendo el buen siervo del rey, pero primero de Dios). 



por Javier Martínez-Pinna




jueves, 10 de noviembre de 2016

EXPLORADORES. En busca del sueño americano.

Monumento a España en Buenos Aires


Persiguieron un sueño, pero terminaron encontrando un Nuevo Mundo.
Esta es la historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y de Francisco Vázquez
de Coronado, dos hombres con los que se inicia la exploración de un vasto
territorio de lo que más tarde serán los EE. UU.
Revista Vive la Historia, nº 26. Marzo de 2016
por Diego Peña y Javier Martínez-Pinna

Animoso, noble, arrogante, los cabellos rubios y los ojos azules y vivos, barba larga y crespa, mozo de treinta y seis años, agudo de ingenio, era Alvar un caballero y un capitán a todo lucir; las mozas del Duero enamorábanse de él y los hombres temían su acero.

Esta conocida descripción de Cabeza de Vaca nos llega, supuestamente, de un cronista del s. XVI llamado Maestre Juan de Ocampo. Sin embargo esta empalagosa exhortación romántica sobre una de las figuras más emblemáticas de la conquista y descubrimiento del continente americano, y que ha perdurado en el imaginario colectivo durante décadas, no es cierta. Se trata de un texto apócrifo salido de la imaginación del periodista y escritor venezolano Rafael Bolívar Coronado, que a principios del s. XX se inventó cinco crónicas de Indias, incluida la del Maestre Juan de Ocampo, La gran Florida (1919), y su increíble inventario caballeresco de Cabeza de Vaca. La expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida en busca de fortuna y gloria, así como la gran aventura de Cabeza de Vaca y sus tres compañeros de fatigas por el sur de los Estados Unidos y norte de México, es de todo lo que podamos imaginar menos heroica y romántica.

Sin embargo, antes de juzgar a estos hombres debemos situarnos en el contexto histórico en el que acontece nuestro relato, así como en la mentalidad de unos hombres que, indudablemente, no estaban preparados sino para una sociedad post-medieval, para una supervivencia en un mundo europeo que luchaba por salir de la superstición y la incultura, que sin saber ni cómo ni porqué se hacían matar por valores tan opacos como la lealtad a un rey, a un señor feudal o a una religión, muchas veces por honor  de estos valores inculcados a fuego desde la más tierna infancia, y las más de las veces en una búsqueda desesperada de reconocimiento, fama y dinero para engañar al hambre y a una más que presumible prematura muerte.

Pánfilo de Narváez venía de su persecución a Hernán Cortés por tierras aztecas y también de ver cómo se descubría y conquistaba un imperio repleto de riquezas que colmó de títulos, oro y fama mundial al hidalgo extremeño. Por su parte Álvar Núñez Cabeza de Vaca, hidalgo venido a menos y huérfano desde los 8 años, sirvió en el ejército de Fernando el Católico en las campañas italianas a una edad muy temprana. La vida de Cabeza de Vaca, envuelta en el misterio y la especulación, se intuye repleta de dificultades en una España donde la carestía de los más pobres, hidalgos o no, forjaba individuos bregados, rudos, primarios y dispuestos a todo. Estos hombres fueron en gran parte los que buscaron mejorar su estatus social y económico en la tierra de oportunidades en que se había convertido el territorio de Indias que descubriera Colón.

Cabeza de Vaca en museo Texas
Cabeza de Vaca, oriundo de Jerez de la Frontera, iniciaría su primer viaje a las Indias formando parte como segundo al mando y como tesorero de la expedición de Pánfilo de Narváez,  al que Carlos I otorgó una licencia para reclamar lo que es ahora la costa del golfo de México de los Estados Unidos. Con 600 hombres entre soldados, clérigos, marineros y esclavos, partió el 17 de junio de 1527 del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda. Nueve años después los únicos cuatro supervivientes de aquella aventura,  Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza, y su esclavo moro Estevanico, lograron finalmente reunirse con compatriotas españoles en la actual Ciudad de México. Veamos que pasó.

Tras una parada técnica de reavituallamiento en las Islas Canarias la expedición llegó a Santo Domingo en agosto de 1527 donde empezaron a tener las primeras deserciones de la tripulación por miedo a lo desconocido. En septiembre llegaron a Cuba, donde reclutaron hombres y compraron caballos. Allí Narváez dividió la flota enviando a Trinidad dos naves comandadas por Cabeza de Vaca y un tal Pantoja, ¿qué podía salir mal?

Absolutamente todo salió mal, a partir de ese momento la expedición de Narváez se convirtió en un auténtico infierno. Los dos barcos enviados a Trinidad naufragaron perdiendo víveres, caballos y más de 60 hombres. Una vez reunificados emprendieron la marcha llegando por fin a La Florida un 12 de abril de 1528, a la hoy conocida como Bahía de Tampa. Pronto decidieron explorar la zona interior dividiendo al grupo, lo que supuso un punto de fricción entre Narváez y Cabeza de Vaca, quedándose éste último en tierra para que nadie pensara que era un cobarde. Desde ese momento la búsqueda de ciudades ricas en oro, de civilizaciones perdidas e imperios que conquistar se convirtió en una de las peores pesadillas de los españoles en América. Los huracanes y tempestades, los ataques de los indios, las zonas pantanosas, el hambre y la sed, dejaron al grupo de Cabeza de Vaca con tan sólo 15 hombres, los cuales para poder sobrevivir no sólo terminaron comiéndose a sus caballos sino que llegaron a practicar el canibalismo.
Edición 1555 Comentarios Gobernador Cabeza de Vaca

Al llegar a la actual isla de Galveston, la tribu de los Carancaguas los acogió y en un primer momento los trató como a curanderos. Sin embargo acabaron siendo sus sirvientes. El jerezano acabó esclavizado por los indios durante más de seis años, hasta que consiguió escapar de su prisión y toparse con los indios Charrucos, con los que encontrará la forma de ganarse la vida ejerciendo de comerciante para el trueque entre las diferentes tribus de la zona, en un territorio próximo a la actual San Antonio y la costa tejana. Estando en estos quehaceres se topó, y ya es casualidad, con tres supervivientes más de la expedición de Narváez, a saber, Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y Estavanico (sirviente de raza negra de Andrés Dorantes), no deja de ser irónico que el primer africano en pisar USA fuera un esclavo.

La experiencia de Cabeza de Vaca con los indios les hizo sobrevivir haciéndose pasar los cuatro por chamanes, de este modo comenzaron una nueva aventura hacia el suroeste de los actuales Estados Unidos y el Norte de México en busca de una ruta segura de regreso a la Nueva España. Durante el trayecto remontaron el río Bravo, deambularon por la hoy frontera entre México y Estados Unidos, se toparon con tribus dedicadas a la caza del bisonte, con las que convivieron, y llegaron a las orillas del río Sinaloa donde por fin se toparon con exploradores españoles que los rescataron y llevaron a la Nueva España.

Tras su largo viaje por las tierras del suroeste de los EEUU y norte de México, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, escribió una obra conocida con el nombre de Naufragios, en donde pudo relatar sus “andanzas” junto a sus queridos y abnegados compañeros. Pronto empezaron a propagarse los rumores sobre la existencia de una serie de ciudades repletas de oro, que muchos relacionaron con el antiguo mito portugués de Cíbola.

Estas habladurías hicieron despertar la ambición del virrey de Nueva España, que inmediatamente organizó una expedición al frente de la cual situó a fray Marcos de Niza, acompañado por el astuto Estevanico. En un principio la cosa no pareció salir del todo mal, entre los dos lograron llegar al país de los zuñis, en Nuevo México, para encontrar un pequeño grupo de aldeas que precipitadamente interpretaron como Cíbola. Pero lo peor para ellos aún estaba por llegar, porque la presencia española estaba a punto de ser contestada de forma hostil por algunos de los pueblos indígenas que habitaban la zona. Inmediatamente comenzaron a acosar a los castellanos con una serie de rápidos golpes de mano que diezmaron a los conquistadores. En uno de estos ataques, terminó cayendo el moro Estevanico, después de que una traicionera flecha le segase la vida.





La muerte del que siempre se consideró el alma mater de la expedición, hizo hundir la moral de los españoles, que finalmente huyeron en desbandada para llegar con más pena que gloria a tierras de Nueva España, en donde los pocos supervivientes que habían logrado salvar el pellejo, trataron de justificar su comportamiento magnificando todo aquello que habían visto y recorrido. Tan convincentes resultaron sus explicaciones que los españoles terminaron organizando una nueva expedición, pero esta de mayores proporciones.


El nuevo intento se produjo en 1540 y tuvo como protagonista a Vázquez de Coronado. Mucho más ambicioso que las anteriores, logró reunir para dicha empresa a 350 españoles y a 800 indígenas mexicanos, por lo que los conquistadores se tuvieron que emplear a fondo para reunir todo el dinero posible para financiar el viaje. El mismo Coronado se vio obligado a hipotecar las posesiones de su inocente mujer, no sin antes convencerle de toda la gloria que el destino le tenía reservado para él y para todos los suyos, al estar a punto de descubrir una ciudad inundada de oro e indescriptibles riquezas.

Con gran pompa, esta enorme comitiva se puso en marcha hacia las tierras de ese remoto e inexplorado territorio que años atrás había recorrido Cabeza de Vaca, pero a los pocos días de marcha los víveres comenzaron a escasear. Afortunadamente, en esta ocasión los castellanos habían sido más previsores que sus antecesores y por eso se hicieron acompañar de un enorme rebaño compuesto por varios centenares de bueyes, ovejas y cerdos para cuando apretase el hambre. No sin dificultades lograron llegar al fin a Culiacán, Sinaloa, para desde allí iniciar un épico viaje por el que se vieron obligados a atravesar el árido desierto de Arizona, seguidos bien de cerca por una enorme piara de gorrinos famélicos. Pero todos estos padecimientos eran necesarios para llegar al lugar de ensueño del que habían oído hablar gracias al bueno de fray Marcos. Por eso decidieron seguir andando, insensibles al calor, a la enfermedad y a los esporádicos ataques de unos nativos que los miraban con desconfianza, y los recibían a flechazos. Y por fin, lejos en el horizonte, pudieron vislumbrar eso por lo que tanto habían sufrido, las aldeas de los indios zuñi, el lugar en donde les esperaban las ciudades de Cíbola.

Señalizaciión del paso cabeza de vaca por la Florida
Cuando se acercaron descubrieron para su pesar que allí no había nada: ninguna ciudad tan bella como dos Sevillas juntas, ni grandes catedrales tocadas con hermosas cúpulas doradas y puertas de turquesa, sólo unas pequeñas casuchas hechas con barro y cubiertas de paja pobladas por unos indios con cara de pocos amigos. No había duda, el malnacido fray Marcos de Niza y los suyos les habían tomado el pelo.

Ya no quedaba mucho por hacer, pero Vázquez de Coronado no se dio por vencido. No estaba dispuesto a volver con las manos vacías a Nueva España, para convertirse en el hazme reír de todos aquellos que vieron con incredulidad el inicio de su viaje. Tampoco le tentaba el recibimiento de su querida y arruinada esposa, cuando le comunicase que había vuelto sin encontrar ni un solo gramo de oro. Por eso decidió dividir su contingente para seguir explorando en busca de su quimera.
Aunque pueda parecer que su aventura se terminó saldando con un absoluto fracaso, hemos de reconocer la importancia que tuvo el insigne descubridor salmantino, y su innegable influencia en la exploración de buena parte del territorio más meridional de los actuales Estados Unidos de América. Junta a su entrañable compañero, Hernando de Alvarado, recorrieron unas tierras hasta ese momento desconocidas para los europeos, siendo recordados como unos magníficos exploradores y descubridores de una extensa zona que iba desde el Gran Cañón del Colorado hasta las praderas de Kansas y Oklahoma, lugares en donde la influencia de la cultura española ha perdurado hasta nuestros días.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

BLAS DE LEZO. EL HEROE QUE DERROTÓ A INGLATERRA.



Después de la Guerra de Sucesión, Inglaterra trató de apoderarse de unas tierras que durante siglos habían pertenecido a la monarquía hispánica. Esta es la historia de Blas de Lezo, uno de los más brillantes y audaces militares españoles cuyo heroísmo puso contra las cuerdas al poderoso imperio inglés. Artículo publicado en Vive la Historia.

Por Javier Martínez Pinna y Diego Peña.

A principios del siglo XVIII, España se esforzaba por mantener su hegemonía en el Nuevo Mundo. El final de la Guerra de Sucesión había supuesto la liquidación del imperio europeo y por eso la monarquía borbónica centró su atención en los magros beneficios, que sus posesiones americanas podían ofrecer a una España que llevaba setenta años en claro declive. En este contexto, los ingleses no podían dejar pasar la oportunidad de fortalecer su poder a costa de una nación que se desangraba como consecuencia de sus evidentes contradicciones sociales y económicas, pero fue precisamente en este momento cuando apareció un hombre, cuya férrea voluntad e innegable patriotismo, permitió a España mantener su supremacía en América durante mucho tiempo.
                Blas de Lezo y Olavarrieta vino al mundo el día 3 de febrero de 1689 en el barrio donostiarra de Pasajes. De su infancia es poco lo que sabemos, aunque no tenemos dudas al afirmar que se educó en un colegio francés hasta el 1701, momento en el que se enrola en la Armada Francesa como guardamarina.
                En este mismo año se iniciaba en Europa la Guerra de Sucesión, como consecuencia del problema sucesorio al trono español después de la muerte del malhadado Carlos II. El nombramiento como rey español de Felipe de Anjou, apoyado por la monarquía francesa, fue contestado por el resto de potencias europeas, encabezadas por Inglaterra, temerosos de la fuerza que podían adquirir España y Francia, ambas gobernadas por la dinastía borbónica.
                Durante este conflicto, Blas de Lezo empezó a demostrar sus cualidades militares y una valentía casi temeraria que le permitieron ascender rápidamente y convertirse en uno de los marineros más valorados de la Armada Española. Su servicio en buques franceses se explica por el interés de los dos países aliados de intercambiar oficiales entre sus ejércitos para mejorar su formación, y así lo hizo Blas de Lezo cuando sirvió embarcado en el Foudroyant, buque insignia del conde de Toulouse, desde el mismo momento en el que se rompieron las hostilidades. Quiso la Historia que el joven oficial español tuviese su bautismo de fuego en la batalla naval de Vélez Málaga, la más importante de la Guerra de Sucesión, y que enfrentó a una flota anglo-holandesa dirigida por el almirante Rooke, con una franco-española al frente de la cual se encontraba el conde de Toulouse. A pesar del gran número de unidades desplegadas por ambos bandos, el resultado de este primer choque fue bastante impreciso, ya que entre otras cosas no se consiguió hundir ninguno de los grandes buques que durante horas intercambiaron un intenso fuego de artillería. De todas maneras, la peor parte parece que se la llevaron los ingleses, porque sus bajas ascendieron a las 2500 por las 1600 de los franceses y españoles, a lo que se tuvo que sumar la gran cantidad de heridos, entre los que se contaba al propio Blas de Lezo del que se dice que luchó de forma ejemplar hasta que una bala de cañón le alcanzó en la pierna, provocándole una graves lesiones que hicieron inevitable su amputación.
                Debido al valor demostrado en la batalla, reconocido entre otros por el conde de Toulouse, fue premiado con su ascenso a “Alférez de bajel de alto bordo” y lo más increíble de todo, con tan sólo quince años de edad. Su recuperación fue larga, pero Blas de Lezo siempre soñó con el momento de volver a embarcarse, y por eso no dudó en rechazar el cargo de asistente de cámara de la corte del rey español Felipe V. En 1705 se produjo su vuelta al mar, operando en diversos buques y participando en distintas campañas mediterráneas como en el auxilio de las ciudades de Palermo y Peñíscola, pero especialmente de Barcelona para el que se le asignó una pequeña flota para abastecer a las tropas borbónicas. Casi al mismo tiempo se le reconoce a Blas de Lezo un nuevo prodigio, el de la captura en 1707 y posterior incendio del buque inglés HMS Resolution, un barco de tercera clase y armado con setenta cañones, que fue derrotado por un barco francés, el Toulouze, de menor tonelaje, en el que nuestro protagonista servía como Alférez de Navío.
                En julio de ese mismo año, las tropas imperiales del príncipe Eugenio de Saboya iniciaron el asedio de Tolón, en el sur de Francia, apoyados por la flota inglesa del almirante Shovell, que durante días bombardearon la ciudad. Hasta allí se dirigió Blas de Lezo, para participar en la defensa del fuerte de Santa Catalina, con tan mala suerte que tras el impacto de una bala de cañón en uno de los muros de la fortificación, una esquirla le impactó en un ojo hasta provocarle unas heridas internas que fueron irreparables.
                Esta nueva demostración de valía le supuso el ascenso al grado de Teniente de Guardacostas en el año 1707. Con tan sólo 18 años Blas de Lezo había perdido una pierna, y también un ojo, pero nada parecía apartarlo de su sueño. Tras una breve convalecencia, el joven marinero vasco volvió a embarcarse en diversos barcos franceses y españoles, desde donde participó en la captura de nuevos buques ingleses, como el Content, pero especialmente del Stanhope, un gran navío de dos puentes y 70  cañones, con el que se habría enfrentado Lezo a bordo de una pequeña fragata en evidente desigualdad de condiciones. A pesar de que este hecho nunca ha sido aceptado por los autores ingleses, cuenta la historia que el oficial español evitó el combate de costado para no verse expuesto a la superior potencia artillera de los ingleses, prefiriendo abordar el barco por popa hasta conseguir su rendición.
                Dos años más tarde, encontramos a nuestro protagonista combatiendo en Barcelona contra las tropas imperiales del Archiduque Carlos, esta vez al mando del Campanella, un barco que se sumó al asedio de la ciudad en los momentos finales de la Guerra de Sucesión. El 11 de Septiembre de 1714 se produjo un episodio fundamental en la vida de este insigne militar, cuando no se sabe muy bien si en un nuevo enfrentamiento contra las defensas costeras de la ciudad, o contra un barco inglés, Blas de Lezo recibe un balazo de mosquete en su antebrazo derecho, dejando su extremidad  sin movilidad durante el resto de su vida.
                Ya nadie podía dudar de la osadía de este personaje cuya fama empezó a convertirse en legendaria entre los marineros que formaron parte de la tripulación de unos barcos españoles que, desde ese momento, empezaron a jugar su última partida para mantener la hegemonía en el mar de la vieja monarquía hispánica. Tuerto, cojo y manco, muchos empezaron a conocer a Lezo como medio hombre o patapalo, aunque a decir verdad no tenemos ninguna evidencia sobre la utilización de estos “motes” durante su vida.
                Ni aun en estas condiciones, se planteó la posibilidad de rechazar el nuevo ofrecimiento de su rey Felipe V, cuyo gobierno le pidió su traslado hasta el continente americano al mando del buque Lanfranco, como parte de una escuadra enviada a los mares del sur para luchar contra los piratas y corsarios franceses que operaban en las costas pacíficas del Perú. Allí pasó muchos años, combatiendo contra unos criminales que amenazaban con romper las comunicaciones en una ruta cuyo control era fundamental para hacer llegar los cargamentos de plata hasta Panamá. Pero en su biografía también hubo tiempo para el amor, porque en tierras del Virreinato del Perú conoció a doña Josefa Mónica Pacheco Bustios y Solís, una joven criolla con la que contrajo matrimonio y formó una nutrida familia.
                Con ella partió en 1730 de nuevo hacia España, un país que se esforzaba por recomponer su fuerza en el Mediterráneo. Pero para ello, era necesario dejar sentir su presencia en Italia, y hacer respetar los intereses de una España en claro retroceso en el ámbito internacional. Como jefe de una escuadra naval, Blas de Lezo navegó hasta Génova, una ciudad empeñada en humillar a la antigua potencia, al negarse a saldar una deuda contraída de dos millones de pesos. Al frente de seis buques de guerra españoles, el oficial se presentó en la zona portuaria para posteriormente exigir a sus autoridades el homenaje a la enseña nacional y amenazar a sus autoridades con el bombardeo de la urbe si no le entregaban en el acto los fondos adeudados. Ante tan contundentes razones, el Senado genovés no se lo pensó ni un solo instante, y por eso a los pocos días, la escuadra hispana puso rumbo hacia Alicante, con una enorme cantidad de dinero para sufragar la siguiente campaña de la monarquía española: recuperar el estratégico enclave de Orán, el cual cayó con la decidida participación de Lezo.
                Más lejos no se podía llegar. Su prestigio, al menos en esta ocasión, fue reconocido por el mismo Felipe V, tanto que le concedió el honor de utilizar la bandera morada con su escudo de armas, además del reconocimiento de su ingreso en la Orden del Espíritu Santo y la Orden del Toisón de Oro. Por si pudiese parecer poco, en 1734 fue ascendido a Teniente General y destinado a Cádiz, plaza desde donde saldría en 1737 hacia América para protagonizar una de las gestas más épicas en la historia de las armas españolas.
                En aquel momento, Inglaterra estaba empeñada en desplazar a España como fuerza dominante en el Cono Sur americano. Tampoco estaba dispuesta a renunciar a las fabulosas riquezas presentes en un espacio geográfico que codiciaba por encima de todo. El principal problema de la Pérfida Albión era que ambas naciones se encontraban en paz desde 1713, y no existía ningún pretexto que justificase el inicio de la guerra. Tal vez por eso, los ingleses decidieron hacer las cosas como ellos mejor sabían: a traición y por la espalda, potenciando una vez más la práctica de la piratería y del contrabando, con el consiguiente quebranto de los intereses comerciales españoles en América. A pesar de todo, el potencial de la flota española volvió a crecer gracias a la labor del ministro Patiño, lo que significó el aumento de la capturas de estos barcos pirata tanto en la zona caribe como en las costas del Pacífico.
                Fue uno de estos problemas de contrabando el que al final provocó el inicio de las hostilidades, cuando un navío español al mando del capitán Fardiño, logró apresar el mercante británico del capitán contrabandista Robert Jenkins, razón por la cual el gobierno inglés decidió declarar la guerra a España. Las primeras actuaciones inglesas no se dejaron esperar, lo que demuestra la preparación para el conflicto desde mucho tiempo antes de su inicio. En noviembre del 1739, el almirante sir Edward Vernon atacó la ciudad de Portobelo con la intención de interrumpir las comunicaciones del Virreinato de Nueva Granada con México. Indudablemente la localidad, escasamente defendida, cayó sin apenas resistencia, lo que animó al almirante inglés a iniciar los preparativos para asestar el gran golpe que a la postre supondría la conquista británica de todo el virreinato de Nueva Granada. No sin dificultades, Vernon reunió la que se ha venido a considerar una de las mayores flotas de todos los tiempos, al menos hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, formada por unos 130 buques y unos 30.000 hombres, entre los que destacaban los 9000 casacas rojas, más otros 4.000 soldados procedentes de las colonias norteamericanas y varios miles de jamaicanos que actuaban como auxiliares. Por si pudiese parecer poco, los ingleses se plantaron ante la costa de Cartagena de Indias con más de dos mil cañones, cuya intención era acallar los escasos anhelos de esperanza de unos españoles que sólo contaban con un cuerpo de ejército de 1.100 soldados veteranos de los regimientos de Aragón y España, más unos 400 reclutas y unos 600 milicianos de la ciudad. Frente a la imponente flota del rey Jorge III de Inglaterra, los defensores de Cartagena de Indias contaban sólo con seis barcos: el Galicia, el San Carlos, el San Felipe, el África, el Dragón y el Conquistador; una fuerza menor, pero dirigida por el que nos atrevemos a considerar como el mejor militar del siglo XVIII.
                Vernon llegó al mando de su flota el 13 de marzo de 1741 con ganas de terminar por la vía rápida con la resistencia de los españoles. Desde el primer día las fortalezas que defendían Cartagena de Indias fueron sometidas a un feroz fuego artillero hasta convertirlas en escombros. Bocachica, defendida estoicamente por Carlos Desnaux y 500 hombres logró resistir dieciséis días hasta que no tuvieron otra opción más que replegarse.
                Mientras tanto, los barcos españoles se batieron con decisión para evitar que la flota inglesa penetrase por la bahía, pero su esfuerzo fue en vano debido a la enorme superioridad numérica de los asaltantes. Ya todo era cuestión de tiempo, la victoria estaba al alcance de su mano, y por eso Vernon envió un correo a Londres anunciando su victoria, que fue tan bien acogida que las autoridades inglesas decidieron acuñar unas monedas conmemorativas en las que se veía a Blas de Lezo (con dos piernas) humillándose ante el almirante.
                A pesar de todo, esta partida aún no había acabado. La aguerrida infantería española diezmada por el incesante fuego enemigo se terminó retirando para tomar posiciones en el castillo de San Felipe de Barajas, en donde 600 hombres se vieron sometidos a un nuevo bombardeo como paso previo al asalto definitivo que, esta vez sí, tendría que haber dado la victoria a un ejército inglés cada vez más desmoralizado por la inexplicable resistencia de unos españoles que luchaban contra su propio destino.
                Vernon ordenó a sus hombres que se adentrasen sigilosamente en la selva para rodear la fortaleza de San Felipe, e inmediatamente atacar desde la retaguardia, forzando una pequeña entrada que Blas de Lezo se había preocupado por taponar con 300 hombres armados con armas blancas que, contra toda lógica, y emulando a los famosos 300 de las Termópilas, repelieron el ataque inglés causándoles unas 1.500 bajas. Fue en ese momento cuando el ánimo de los británicos se desplomó hasta rayar en la desesperación. La desconfianza se apoderó de todos los miembros del estado mayor inglés, pero al final Vernon pudo imponer su voluntad. Debían de intentarlo una vez más. La noche del 19 de Abril varios miles de soldados ingleses volvieron a avanzar por la selva, pero esta vez apoyados por un espectacular fuego de artillería y cargados con unas escalas para asaltar las murallas de San Felipe. Pero nuevamente, Blas de Lezo fue más listo que su contrincante, porque previendo este peligro había ordenado cavar un foso alrededor de la fortaleza, por lo que las escalas se quedaron irremediablemente cortas, dejando a los asaltantes expuestos a un fuego incesante por parte de los últimos defensores de Cartagena de Indias.
                Los ingleses habían llegado hasta el límite de sus posibilidades, pero por si existía alguna duda sobre la evidencia de que esta vez la victoria sería para los españoles, Lezo ordenó una carga a bayoneta que provocó la huida en desbandada de los británicos y su derrota en una guerra en la que sucumbió una buena parte de la oficialidad británica y de su temida flota.

                España, en cambio, logró mantener su supremacía en América  y recuperar su protagonismo en el  mundo, merced a la valentía y al patriotismo de un pequeño grupo de individuos que brillaron con luz propia en este siglo XVIII, repleto de españoles ilustres, del que Blas de Lezo fue uno de los más sobresalientes.