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viernes, 5 de mayo de 2017

MARIANA PINEDA. LA LUCHA LIBERAL CONTRA FERNANDO VII.

Mariana Pineda en capilla 1862 Juan Antonio Vera Calvo.


El personaje del mes. Mariana Pineda. La lucha liberal contra Fernando VII.

Diego Peña & Javier Martínez-Pinna 



Los orígenes del liberalismo político europeo hunden sus raíces en el invento de la imprenta de Gutenberg, auténtica revolución cultural, social, política, económica y religiosa que permitió, a través de la difusión de las ideas y la globalización de lecturas como la biblia a lenguas vernáculas, poner en entredicho al antiguo régimen. Los herrajes que habían estado sosteniendo al feudalismo como modo de producción, y al catolicismo como jaula de la moral y de las conciencias, empezaron a volar por los aires, llevando a occidente a una revolución social disfrazada de cisma religioso de la mano de Lutero, al desarrollo de la ciencia y la cultura bajo palio monárquico con el potente nombre de Ilustración y, en Francia, a la mayor reivindicación violenta de la pequeña y mediana burguesía propietaria, a la que se uniría un campesinado sometido, conocida como Revolución Francesa, elemento rupturista y aglutinador que anunciaba la llegada de una nueva época.
En España, donde el feudalismo y el catolicismo lo dominaban todo, quizá virtud a la pésima gestión de un imperio en decadencia, las ideas ilustradas nos tocaron tangencialmente en reducidos grupos de intelectuales y humanistas, como el alicantino Jorge Juan. Se entiende así que el liberalismo político cuyo ideario nos trajo, contradictoriamente, la invasión de un dictador, Napoleón Bonaparte, chocara no sólo con las clases privilegiadas y el alto clero sino también con los estratos más bajos e incultos de la población, siendo el máximo exponente del rechazo al cambio el grito de “vivan las cadenas” para recibir, en 1814, a Fernando VII, por el que tanto absolutistas como liberales habían luchado contra los franceses, y que venía a justificar el total desprecio del Borbón y sus seguidores por la Constitución liberal de 1812, más conocida como La Pepa.  Sin embargo muchos liberales continuaron luchando por los nuevos tiempos en una España que, lejos de modernizarse, intentaba por todos los medios profundizar, aún más, en el antiguo régimen. Una de estas contestatarias y luchadoras figuras fue la granadina Mariana Pineda.
Hija ilegítima, llevó una niñez difícil viviendo entre diversos familiares, casándola a los quince años con un ex-militar que casi le doblaba la edad, el cual la dejó viuda y con dos hijos en 1822, a la edad de dieciocho años. Se desconoce si la joven Mariana fue adherida por su esposo al movimiento liberal, o bien a pesar de éste las ideas del trienio liberal (1820-1823), salpicado de movimientos revolucionarios, inflamaron a una joven idealista, cuya vida no había sido fácil, de esperanzas renovadoras por un futuro prometedor. Futuro que quedó hecho añicos en 1823 cuando Fernando VII restaura el absolutismo, restableciendo todos los antiguos privilegios. Mariana responderá acogiendo en su casa a políticos liberales perseguidos. Tras enamorarse de uno de estos liberales, el brillante militar Casimiro Brodett, el cual intentaría desposarla pero dada su condición rebelde no tuvo la dispensa real para ello, Mariana desaparecerá de la escena pública y de Granada durante un tiempo, y el propio Casimiro Brodett tendría que exiliarse a Cuba.
No volveremos a tener noticias de la heroína granadina hasta el año 1828, cuando ayuda a su primo, Fernando Álvarez, también liberal, a escapar de la cárcel disfrazado de fraile, y huir a Gibraltar. Mariana volvió a casarse, pero según sus biógrafos, lo hizo en secreto, conocido como matrimonio en “conciencia”, con el abogado José de la Peña. Para entonces Mariana ya había desatado las sospechas de “el Alcalde del Crimen” de Granada, Pedrosa, figura que encarnaba un letrado integrante de las salas del crimen en las Audiencias y Chancillerías de Valladolid y Granada, como sospechosa de “anarquista”, es decir, liberal en el lenguaje de los absolutistas. Para colmo de males el criado de Mariana había servido a las órdenes de Rafael de Riego, el teniente coronel que conspiró contra Fernando VII para instaurar la Constitución de 1812, que dio nombre a un famoso himno decimonónico más tarde adoptado por la República Española, y que implicaba directamente a Mariana en una posible insurrección...

lunes, 5 de diciembre de 2016

CONSECUENCIAS SOCIALES DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. TEXTOS.


“En esta fábrica trabajan mil quinientas personas, y más de la mitad tienen menos de quince años. La mayoría de los niños están descalzos. El trabajo comienza a las cinco y media de la mañana y termina a las siete de la tarde, con altos de media hora para el desayuno y una hora para la comida. Los mecánicos tienen media hora para la merienda, pero no los niños ni los otros obreros (...).
Cuando estuve en Oxford Road, Manchester, observé la salida de los trabajadores cuando abandonaban la fábrica a las doce de la mañana. Los niños, en su casi totalidad, tenían aspecto enfermizo; eran pequeños, enclenques e iban descalzos. Muchos parecían no tener más de siete años. Los hombres en su mayoría de dieciséis a veinticuatro años, estaban casi tan pálidos y delgados como los niños. Las mujeres eran las de apariencia más saludable, aunque no vi ninguna de aspecto lozano (...). Aquí vi, o creí ver, una raza degenerada, seres humanos achaparrados, debilitados y depravados, hombres y mujeres que no llegarán a ancianos, niños que nunca serán adultos sanos. Era un espectáculo lúgubre (...)”
Charles Turner Thackrah. Los efectos de los oficios, trabajos y profesiones, y de las situaciones civiles y formas de vida, sobre la salud y la longevidad. 1832.


"Tuve frecuentes oportunidades de ver gente saliendo de las fábricas y ocasionalmente atenderles como pacientes. El pasado verano visité tres fábricas algodoneras con el Dr. Clough de Preston y con el Sr. Baker de Manchester y no fuimos capaces de permanecer diez minutos en la fábrica sin empezar a jadear por falta de aire. ¿Cómo es posible que quienes están condenados a permanecer ahí doce o catorce horas lo soporten? Si tenemos en cuenta la temperatura del aire y su contaminación no puedo llegar a concebir como los trabajadores pueden soportar el confinamiento durante tan largo periodo de tiempo."
Declaraciones efectuados por el Dr. Ward de Manchester en una investigación sobre la salud en las fábricas textiles en marzo de 1819.


“Las influencias desfavorables, en los obreros, del trabajo de la fábrica son: 1. La desagradable necesidad de constreñir sus esfuerzos intelectuales y físicos a un paso igual al del movimiento de la máquina (...) 2. La persistencia en una posición recta, por espacios de tiempo demasiado largos (...) 3. La privación del sueño por la larga jornada de trabajo (...) Los locales de trabajo, frecuentemente, son bajos, deprimentes, polvorientos y húmedos, el aire impuro, la atmósfera recalentada, y continua transpiración (...) El muchacho de la fábrica no tiene un momento libre fuera del destinado a almorzar, y sólo entonce sale al aire libre (...)
F. Engels. La situación de la clase obrera. (Informe del Dr. D. Barry). 1845.


"Trabajo en el pozo de Gawber. No es muy cansado, pero trabajo sin luz y paso miedo. Voy a las cuatro y a veces a las tres y media de la mañana, y salgo a las cinco y media de la tarde. No me duermo nunca. A veces canto cuando hay luz, pero no en la oscuridad, entonces no me atrevo a cantar. No me gusta estar en el pozo. Estoy medio dormida a veces cuando voy por la mañana. Voy a escuela los domingos y aprendo a leer. (...) Me enseñan a rezar (...) He oído hablar de Jesucristo muchas veces. No sé por qué vino a la tierra y no sé por qué murió, pero sé que descansaba su cabeza sobre piedras. Prefiero, de lejos, ir a la escuela que estar en la mina."
Declaraciones de la niña Sarah Gooder, de ocho años de edad. Testimonio recogido por la Comisión Ashley para el estudio de la situación en las minas, 1842.


“Existen todavía otras causas que debilitan la salud de gran número de trabajadores. Ante todo, la bebida; todas las seducciones, todas las posibles tentaciones, se juntan para empujar al obrero a la pasión de la bebida. El aguardiente es para los trabajadores casi la única fuente de goces, y todo conspira para que se estreche el círculo a su alrededor. El obrero vuelve al hogar cansado y hambriento; encuentra una habitación sin ninguna comodidad, sucia, inhospitalaria; necesita en forma apremiante algún alivio (...) Su sociabilidad puede solamente satisfacerse en la hostería, pues no tiene otro lugar donde encontrarse con sus amigos (...) La pasión de la bebida ha cesado aquí de ser un vicio; por eso pueden ser excusados los viciosos; constituye un fenómeno natural.”
Friederich Engels. La situación de la clase obrera en Inglaterra. 1845.


"La clase toma realidad cuando algunos hombres, a consecuencia de unas experiencias comunes (heredadas o compartidas), perciben una identidad de intereses y la articulan entre ellos y en contra de otros hombres cuyos intereses son distintos (y generacionalmente opuestos) a los suyos."
E. P. Thompson. La formación de la clase social obrera inglesa.

lunes, 28 de noviembre de 2016

EL HORROR DE UN DICTADOR GENOCIDA. POL POT.


Las dictaduras no suelen sobrevenir por generación espontánea, no suceden un buen día en el que alegres ciudadanos libres de repente se ven inmersos en el horror de la privación de libertades y derechos, cuando no de la propia vida. Es el caso de Camboya, de los jemeres rojos, y del dictador Pol Pot.

En 1973 la administración estadounidense del presidente Nixon hizo caer sobre Camboya un 50% más de toneladas de bombas que las que habían utilizado sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial. Cientos de miles de personas perecieron para que Estados Unidos pudiera decir al mundo que estaba parando el avance comunista. No sólo pararon, de momento a los comunistas, también destruyeron la economía, el tejido social y, peor aún, la salud mental de los camboyanos. Y efectivamente, ante tal demostración de la capacidad para destrozar seres humanos desde el aire, sin distinguir entre civiles y militares, entre hombres, mujeres o niños, el Jmer Rojo (comunistas camboyanos) pararon su avance. Lo que no paró, en el alma de los humildes campesinos camboyanos fue el odio extremo hacia los americanos y sobre todo hacia su propio pueblo, aquel que había colaborado con los occidentales en aquella matanza descomunal. Cuando la guerra de Vietnam tocó a su final en el año 1975, un ejército campesino, en el que no existía prácticamente ningún hombre o mujer que no hubiera sufrido la barbarie de la contienda en su familia forjaron un nuevo y renovado contingente comunista a las órdenes de generales de corte estalinista, y que llevaron a cabo uno de los mayores y más horrorosos genocidios de la historia de la humanidad.

Los conocidos como “campos de la muerte” de Pol Pot fueron la correa de transmisión de todo ese odio contenido. Para el año 1978 la población de Camboya se había visto reducida en casi dos millones de personas. Autores como K.D. Chandler señalan que muchas de ellas perecieron a causa de la malnutrición y los trabajos esclavos en el medio rural, y que más de 200.000 fueron directamente asesinadas, contando niños, ancianos y mujeres. La oposición que el régimen de Pol Pot hizo a su vecino Vietnam provocó la invasión y la caída del dictador en el año 1979, aunque continuaron como movimiento armado en la frontera de Tailandia, siendo considerados enemigos de los soviéticos consiguieron, pese a todo, el apoyo de Estados Unidos, China y Tailandia.
Pol Pot
La documentación que se ha podido salvar de aquella terrible dictadura nos habla de torturas sistemáticas, ejecuciones extra-judiciales, genocidio programado, trabajo esclavo, además de hambre y epidemias extendidas por todo el país. Pese a todo el horror desencadenado, el dictador Pol Pot, murió a la edad de 72 años en 1998, en medio de las selvas camboyanas, oficialmente prisionero de los Jemeres Rojos, aunque en realidad protegido por estos.

A día de hoy Camboya es el primer país del mundo con más fosas comunes y desaparecidos del mundo.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

LIBERALISMO Y NACIONALISMO EN EL SIGLO XIX.

Barricadas de Viena, 26 y 27 de mayo de 1848. Litografía de Josef Heicke (1848).

LIBERALISMO Y NACIONALISMO EN EL SIGLO XIX

El liberalismo político es la ideología o doctrina que dio respaldo intelectual a las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX, constituyendo el núcleo teórico básico de los sistemas políticos establecidos desde entonces en las sociedades occidentales, con la excepción de las experiencias totalitarias. 

Según el historiador inglés R. Palmer, los primeros en utilizar el término liberal fueron los políticos españoles, adversarios a la ocupación napoleónica, que estaban ligados a la obra constituyente de 1812 en Cádiz. Tras la revoluciones de 1830 y 1848 el término liberal se cubrió de prestigio y fue abarcando más espacios políticos, tanto en la derecha conservadora en la izquierda socialdemócrata. 

Si el término liberalismo es reciente, las ideas liberales parecen remontarse a la época de enfrentamientos que dieron lugar a la Gloriosa Revolución, en Inglaterra, en el 1688.

El autor que mejor expresó la ideología liberal fue John Locke, que defendía la libertad y la propiedad como derechos inherentes en los seres humanos, tanto que ningún poder político los podía eliminar. El gobierno debía ser representativo, salvaguardar los derechos individuales y garantizar libertades. Estas ideas fueron recogidas por los filósofos ilustrados franceses y se reflejan en la Declaración de Independencia de los EEUU, en 1776, y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en 1789.

Durante la Restauración el liberalismo tuvo que afrontar un doble problema: proseguir el combate contra el Antiguo Régimen en las condiciones de falta de libertad y represión policial que caracterizó a este período, y reflexionar sobre las causas del fracaso de la Revolución Francesa, pero también sentar las bases de un sistema estable y eficiente. Los liberales decimonónicos eran por lo general, individuos pertenecientes a las llamadas clases medias, compuestas por empresarios y profesionales, y algún que otro miembro de la aristocracia, siendo el liberalismo la ideología de la burguesía emprendedora durante este periodo.  Los principios políticos más importantes son: 

- El titular del poder es el pueblo, hablamos de soberanía nacional.

- El rey o el gobierno tiene una autoridad limitada mediante una Constitución.

- El poder del estado está dividido en tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.

- La Constitución debe reconocer y el gobierno garantizar los derechos y libertades individuales.

- El derecho de legislar corresponde al parlamento y la acción política se vehiculiza a través de los partidos políticos.

Después de 1848 triunfa el liberalismo, pero su versión más restrictiva. Temerosos de la democracia de las mayorías y dispuestos a no arriesgar su predominio político y social, los burgueses implantan, de acuerdo con los sectores más avanzados de la vieja aristocracia, un modelo político basado en el liberalismo doctrinario y que tiene su reflejo en la monarquía parlamentaria o constitucional. Los rasgos más característicos de este modelo son: grandes prerrogativas para el monarca, institucionalización de un parlamento con un predominio de burgueses y terratenientes, existencia de sufragio censitario y restricción de libertades políticas. La vida política es protagonizada por los partidos políticos.

El nacionalismo es la doctrina y corriente política que considera a la nación como el hecho fundamental y la finalidad suprema de una colectividad humana, a cuyo interés deben de sacrificarse los intereses individuales y colectivos. 

Los orígenes del nacionalismo están relacionados con la idea de soberanía nacional y está claramente unido a la ideología liberal. Posteriormente surge una nueva doctrina nacionalista, que tiene su origen en Alemania, que es contraria al liberalismo. El período napoleónico contribuyó a desarrollar esta tendencia, al provocar en los pueblos sometidos un sentimiento de resistencia y rebelión frente al invasor. La ordenación territorial europea impuesta por el Congreso de Viena provocará la aparición de movimientos de resistencia nacionalistas de diversos pueblos sometidos a los grandes imperios de Rusia, Austria y Turquía. 

El nacionalismo agresivo o de gran potencia triunfa en la segunda mitad del siglo XIX. Las fuerzas más conservadoras apostaron por la nueva ideología que apelaba a los más bajos instintos de las masas, con la finalidad de fomentar las conquistas coloniales y exacerbar las diferencias y disputas entre los grandes países europeos. Todo ello se reflejó en las grandes disputas que darán lugar al período de la Paz Armada y a las Guerras Mundiales.


LAS REVOLUCIONES DE 1820.


Los primeros movimientos revolucionarios se producen en torno a 1820, dominados fácilmente por la reacción absolutista. Se inician en Alemania, con agitaciones en medios universitarios y con la finalidad de conseguir Constituciones en los distintos estados alemanes. Pero la represión dirigida por Metternich ahogó el movimiento.


En España el movimiento revolucionario del general Riego obliga a Fernando VII a restaurar la Constitución de 1812, iniciándose el trienio liberal que acabó con la intervención de las potencias de la Santa Alianza que repusieron como rey absoluto a Fernando VII.

Himno de Riego, denominación que recibe el himno que cantaba la columna volante de Rafael de Riego tras la insurrección de éste contra el rey:


Las revoluciones se extienden por el ámbito mediterráneo. En Nápoles estalla la revolución de los carbonarios mientras que en el Piamonte tenemos un proceso similar que lleva al establecimiento de una Constitución. En ambos casos, la intervención austriaca restablece el orden absolutista.


Rusia es el último país afectado por estas revoluciones. Tras la muerte de Alejandro I, se produce la insurrección decembrista, en 1825, que pretende transformar el régimen autocrático en constitucional, pero que fracasa debido a la acción política del nuevo zar Nicolás I.


Grecia es el único lugar donde triunfa la revolución, después de llevar a cabo un proceso de independencia respecto al Imperio Turco. Varios factores contribuyen al auge de este nacionalismo: la resistencia de los griegos a la presencia turca, la acción de los patriotas griegos exiliados, el desarrollo de una burguesía de comercio y la autoridad religiosa del Patriarca de Constantinopla. 


LAS REVOLUCIONES DE 1830 


En estas fechas Francia se está incorporando a la revolución industrial, con el aumento de la productividad de sus campos y gracias a la adquisición de técnicas y maquinaria inglesa. 

Hacia 1830 ha surgido ya un sector industrial con una creciente importancia e influencia dentro de una economía que, a pesar de todo, es mayoritariamente agraria. Desde 1840 hasta 1865 se dan ya los síntomas de una verdadera revolución industrial. Se construye el ferrocarril y hay una demanda de productos de la industria pesada. De esta forma surge un capitalismo en el que es necesario la financiación bancaria y la organización comercial a gran escala. 

En Francia, desde 1815 hasta 1830 se vive bajo el régimen de la monarquía borbónica absolutista. Luis XVIII (1814-1824) que establece un sistema político basado en la Carta Otorgada que contiene algunos elementos liberales pero que mantiene los principios del poder autoritario. Con Carlos X (1824-1830) se suprimen libertades y el 26 de Julio de 1830 las “cuatro ordenanzas” cuyo contenido es antiliberal provocan la sublevación de la burguesía parisina. 

Carlos X abdica y cae la monarquía autoritaria, iniciándose el período de la monarquía burguesa y liberal de Luis Felipe de Orleáns. Con esta revolución se produce el desplazamiento de una clase dominante por otra: a la aristocracia terrateniente le sucede la gran burguesía. 

Junto con Francia, es en Bélgica, unida a Holanda en el Reino de los Países Bajos, donde también triunfa la revolución de 1830. La revolución tiene un carácter nacionalista. Guillermo I tenía bajo su poder poblaciones diferentes, por un lado estaba Bélgica, católica y con una economía de corte proteccionista, mientras que Holanda era protestante y librecambista. En este contexto los nacionalista belgas buscan su independencia. 

Entre las causas de la independencia tenemos elementos de carácter religioso, político y económico. La acción se inicio en 1830 en Bruselas bajo dirección burguesa y se logra formar un gobierno provisional y una Asamblea Constituyente que proclama la independencia del nuevo estado como una monarquía constitucional. Pese a las protestas de las potencias de la Santa Alianza, Francia e Inglaterra reconocen a Bélgica, y el 4 de junio de 1834 se elige a Leopoldo I de Sajonia-Coburgo. 

Con el mismo carácter liberal y nacionalista estallan otros movimientos en Europa. Italia conoce las insurrecciones de los Estados Centrales, como Parma y Módena, contra la autoridad del Papado, que son reprimidas por Austria. El nacionalismo se extiende por Italia preparando el camino del Risorgimento. 

En Polonia se produce un levantamiento contra Rusia entre 1830 y 1831, pero también es dominado por el ejército con una violenta represión. Por otra parte en Alemania se producen movimientos en los Estados centrales y las aspiraciones liberales y nacionalistas de algunos estados alemanes son canalizados por Prusia, a través de la Unión Aduanera, que va agrupando a los Estados de la Confederación y sirve de base al movimiento de unidad nacional. 


Polonia

Después de esta fase Europa ha quedado dividida en dos grupos: uno liberal formado por Gran Bretaña, España, Francia, Bélgica y Portugal, y otro autoritario formado por Austria, Rusia y Prusia. 


LAS REVOLUCIONES DE 1848. 


Los movimientos revolucionarios de 1848 son los de mayor importancia y sus causas se encuentran en la conjunción de una crisis económica y de un descontento político. Su carácter es también liberal y nacionalista, pero en Francia toma por primera vez un carácter social. Su amplitud y expansión por Europa es mayor que las precedentes. 

En Francia la revolución de 1848 liquidó la monarquía de Luis Felipe nacida de los acontecimientos de 1830, sustituyéndola por la II República, de carácter democrático, y que a su vez fue desplazada por el II Imperio Napoleónico, expresión del nacionalismo autoritario. 

En Francia tras la revolución de 1830, que había suprimido la monarquía absolutista que había sido restaurada durante la Restauración, se instaura la monarquía liberal burguesa de Luis Felipe que va a durar hasta 1848. En este año una crisis económica incita a los franceses a deshacerse de un régimen incapaz de asegurar el bienestar de todos. Esta situación provoca un aumento de los antagonismos sociales que generan una fuerte tensión entre la burguesía y las clases privilegiadas, pero también entre los movimientos obreros y una burguesía que ya es hegemónica económicamente. 

En este contexto se produce el final de la dinastía Orleáns. En 1830 la entronización de Luis Felipe es un éxito para la burguesía en el poder, comenzando un periodo de gobierno moderado en la política francesa. Pero los problemas comenzaron pronto. Así en la primera fase, entre 1831 y 1835, se producen revueltas obreras y un atentado contra el rey, junto con conspiraciones y tentativas bonapartistas que llevan a la inestabilidad gubernamental. A esto le unimos la corrupción creciente y los escándalos económicos y políticos que terminan enfrentando a los liberales con los distintos gobiernos. Los enfrentamientos llevan a la revolución de 1848. Sus causas profundas están en la coyuntura de crisis económica de 1846-1847, de origen agrícola y financiero, junto con la crisis social, por la agitación de las clases populares por el abandono del apoyo de la burguesía a un régimen que ya no le ofrece garantías. El movimiento burgués revolucionario, apoyándose en las revueltas callejeras del pueblo, va a formar un gobierno provisional que proclama la República el 25 de Febrero de 1848. 

Las revoluciones en Austria, Alemania e Italia. Los movimientos revolucionarios se extienden por todo el viejo continente y alcanzan una gran expansión por la Europa Central y Mediterránea. Es tal la magnitud de los movimientos liberales que al periodo se le denomina la Primavera de los Pueblos. Los movimientos son simultáneos debido a la convergencia de las fuerzas liberales, nacionales y sociales, y aunque la reacción conservadora y monárquica que se inicia a mediados del mismo año consigue detener la gran oleada revolucionaria, los principios que se persiguen van a perdurar en la memoria de todos los europeos. En cuanto a la situación socioeconómica, tenemos un aumento demográfico y de la industrialización, un ascenso de la burguesía y por otra parte del proletariado. A la Europa del Este, agrícola y aristocrática, fijada en el absolutismo, se opone la Europa Occidental, , burguesa y constitucional. 

En Italia los grupos liberales se alzan para acabar al mismo tiempo con al absolutismo y con el dominio austriaco, intentando iniciar la unificación italiana. En Turín, Carlos-Alberto promulga una constitución y se pone al frente de la lucha contra Austria pero es derrotado y abdica en Víctor Manuel II, que mantiene el régimen liberal y la constitución. Mazzini proclama la Repuública en Roma pero también es derrotado por las tropas francesas que ocupan Roma y restablecen al Papa. 

Episodio de las cinco jornadas de Milán, 18-22 de marzo de 1848.
Óleo de 
Baldassare Verazzi (c. 1886). En el Museo del Risorgimento, Milán

En Austria una insurrección liberal provoca la caída de Metternich y al mismo tiempo hay alzamientos en Hungría y Bohemia, que son dominados por el ejército. En Alemania las revoluciones tienen un doble carácter: son de tipo liberal en los Estados de la Confederación, estableciéndose regímenes constitucionales en algunos de ellos, y se manifiestan a nivel nacional con la reunión de un Parlamento Alemán en Francfort, aunque se impone la reacción prusiana en Berlín. 

Durante 1849 la reacción triunfa en Europa por lo que se truncan las esperanzas liberales y nacionalistas, aunque muchos de los elementos que se piden van a perdurar. El sufragio universal se mantiene en Francia, se lleva a cabo la abolición de los últimos vestigios del feudalismo y las Constituciones sobreviven en algunos estados. La huella del 48 será imparable en el futuro político de los países europeos.

Revolución de Marzo en Berlín


domingo, 13 de noviembre de 2016

TOMAS MORO. UN HUMANISTA FRENTE A LA INTOLERANCIA



En los últimos años, la adopción de planteamientos políticos de tipo moderado ha sido visto con desdén, especialmente como consecuencia del innegable debilitamiento de las democracias occidentales y el auge de nuevos planteamientos políticos, situados en las antípodas de este mismo moderantismo, representados en un populismo creciente, que pretende convertirse en la única opción posible, frente a unas instituciones que no representan la voluntad y los intereses del pueblo.

Esta es la razón por la que muchos pretendemos volver la mirada hacia atrás, para encontrar un nuevo modelo que permita una cierta reconciliación social en un mundo cada vez más fragmentado. Uno de estos paradigmas lo tenemos en Tomás Moro, junto con Erasmo de Rotterdam, una de las figuras más destacadas del humanismo cristiano en la Europa renacentista. 

De él llama la atención, el reconocimiento que recibió de sectores tan enfrentados como el catolicismo, el liberalismo, el socialismo o el comunismo. Para los primeros, Moro destacó por su decidido apoyo y fidelidad a la unidad de la Iglesia Católica, razón por la que sufrió el martirio en 1535, cuando fue ejecutado, por orden de Enrique VIII, por oponerse al Acta de Supremacía y por su negación a aceptar el divorcio del rey inglés con Catalina de Aragón. Su aceptación de las tesis erasmistas también contribuyó a su elevación a los altares de la cristiandad, por hacer suyas las ideas del príncipe del humanismo nortealpino, el cual preconizaba una nueva religión más intimista y cercana a la cristianismo primitivo, basada en la imitación de Jesús para así hacer frente a la profunda crisis que atravesaba la Iglesia Católica a finales del siglo XV.

Moro fue también valorado por los historiadores liberales, por su afirmación de la supremacía del individualismo sobre el poder político, e incluso por los socialistas y comunistas, que vieron con buenos ojos el intento del inglés por establecer una sociedad ideal en su imaginario mundo de Utopía, en el que testimonia la influencia de su filosofía neoplatónica y el interés de los humanistas por mejorar la situación de la comunidad política, mediante los principios de la razón natural, estando en contra de los abusos de las clases privilegiadas y la codicia del nuevo catolicismo, y criticando la falta de visión cristiana en la toma de decisiones importantes.

El moderantismo de Moro fue repetidas veces puesto en entredicho, por su decidida apuesta a favor de la Iglesia durante la Reforma Protestante. Por este motivo fue difamado por autores marcadamente anticatólicos, como John Foxe, quien le acusó, injustamente, de torturar a los herejes durante su etapa como ministro de Justicia en el reino de Inglaterra. En su contra, autores como Peter Ackroyd le atribuyen una posición moderada y tolerante en su lucha contra el protestantismo, aunque el debate no se cerrará hasta que el académico alemán, Peter Berglar, demuestre que durante su etapa de gobierno entre 1509 y 1531 no se produjo ni una sola condena de muerte por herejía en la diócesis de Londres.

Encuentro de Moro con su hija después de ser condenado.

Como hemos visto, Tomás Moro fue acusado de alta traición por el pérfido y sádico rey inglés Enrique VIII. No fueron pocos los que protestaron contra tan injusta decisión, entre ellos el rey Carlos I de España, quién lo consideró el mejor pensador del momento. Su intento de parar la ejecución no tuvo ningún éxito, y finalmente fue decapitado un día de triste recuerdo: el 6 de julio de 1535. Poco segundos antes de ser decapitado, se dirigió a los presentes que esperaban en el Tower Hill y pronunció sus últimas palabras: I die being the King's good servant, but God's first (muero siendo el buen siervo del rey, pero primero de Dios). 



por Javier Martínez-Pinna




viernes, 11 de noviembre de 2016

QUINTACOLUMNISMO DEL SOCIALISMO EUROPEO

Huelga en Gran Bretaña, principios s. XX


"El 4 de agosto de 1914 el partido socialdemócrata alemán (SPD), el mayor partido socialista de Europa, votó unánimente los créditos de guerra en el Reichstag (el parlamento alemán), aunque Karl Liebeknecht y otros 13 diputados socialdemócratas se opusieron. El SPD otorgó así su apoyo a una guerra imperialista en la que iban a morir diez millones de personas. Aquella decisión resquebrajó a la izquierda europea; tal y como dijo el revolucionario Nikolai Bujarin, fue "la mayor tragedia de nuestra vida". Trotski recordaba: "la capitulación de la socialdemocracia alemana me trastornó aún más que la declaración de guerra". Lenin pensó al principio que el periódico en el que venía la noticia estaba falsificado.

El movimiento obrero alemán quedó petrificado. Una joven activista del SPD, Toni Sender, decía: "Todo parecía derrumbarse". Se encontraba en un tren de mercancías lleno de soldados que se encaminaban al frente. La mayoría de ellos eran hombres casados, con el rostro sombrío y muy poco entusiasmo por lo que estaba por llegar. Pocos días antes, el 28 de julio, se habían manifestado en Berlín más de 100.000 personas contra la guerra. En toda Alemania se habían producido durante los cuatro últimos días de paz más de 288 manifestaciones en las que habían participado más de 750.000 personas. Aquel movimiento de masas se había ido construyendo desde 1911, teniendo al SPD a la cabeza. El 4 de agosto el voto de los parlamentarios del partido desnucó aquel movimiento y entregó a la clase obrera alemana en manos de la casta de oficiales Junker y su máquina de guerra.

Durante la tarde del 4 de agosto un puñado de revolucionarios se reunieron en el piso de Rosa Luxemburg en Berlín. Redactaron una declaración antiimperialista e invitaron a otros 300 dirigentes socialistas a firmarla. Clara Zetkin fue la única que envió inmediatamente su apoyo. Los socialistas alemanes antibelicistas se habían convertido de repente en una diminuta minoría.

El modelo alemán se repitió en toda Europa: los partidos socialistas abandonaron el internacionalismo para apoyar a sus propios gobiernos burgueses en una guerra mundial imperialista. La Segunda Internacional (federación mundial de partidos socialistas) se hundió en la vergüenza. En lugar de mantener el internacionalismo implícito en la solidaridad proletaria, se desintegró tan pronto como comenzaron a batir los tambores de guerra del chovinismo nacional.

En 1914 había en Europa dos posibilidades: revolución socialista o guerra imperialista. Si los dirigentes del socialismo europeo, a la cabeza de decenas de millones de obreros organizados y disciplinados, hubieran optado por la primera, puede que la carnicería de la Primera Guerra Mundial nunca se hubiera producido."
Texto de Neil Faulkner, de su libro "De los neandertales a los neoliberales", Ed. Pasado & Presente.



Esta ilustrativa fotografía textual de la situación del socialismo europeo en vísperas de la Primera Guerra Mundial puede darnos pie a pensar si la llamada izquierda moderada lo es por vocación o porque en realidad tiene un problema de quintacolumnismo histórico.

Rosa Luxemburg
La revolución industrial había introducido con éxito la maquinaria en las labores agrícolas y desviado la mano de obra campesina hacia la insalubridad fabril de las grandes ciudades. La aglomeración de mano de obra barata dispuesta a hacer lo que sea tiene su imagen fetiche en obreros disputándose a los pies de una camioneta un día de trabajo por un poco de dinero que apenas daba para alimentar a la familia, imagen que desgraciadamente hemos tenido que ver otra vez un siglo después. Durante la conocida como Gran Guerra murieron millones de jóvenes, que de no haberse visto inmersos en batallas como la del Somme, donde cayeron más de un millón, quizá hubieran provocado un giro de las políticas liberales de la revolución industrial hacia mejores condiciones de vida o quizá hubieran acabado con el capitalismo en toda Europa. La Gran Guerra le vino muy bien a quiénes no tenían que caer destripados entre trinchera y trinchera y no tan bien a quiénes morían ahí o morían destrozados por horas de trabajo en las infames factorías del horror. Hoy en día la inversión, en su mayoría pública, en I+D+i, nos ha traído un mundo altamente tecnificado, robotizado e informatizado, pero se nos plantea el mismo problema que hace un siglo, ¿qué haremos con los trabajadores que sobran?

martes, 8 de noviembre de 2016

LOS GRACO: orígenes de una revolución.


¿Se imaginan una ley que le permitiese al Estado disponer de las tierras públicas en beneficio de los más desfavorecidos? ¿O una ley que obligase al Estado a vender comida de primera necesidad a bajo precio entre la población? O mejor aún ¿una ley que obligara a nombrar a los jueces de entre el pueblo, además de entre la casta senatorial? Aunque cueste trabajo de creer, esto es lo que intentaron los Graco, una familia patricia que trató de frenar el progresivo proceso de descomposición de una República inmersa en una profunda crisis económica, moral y política. Artículo publicado en Vive la Historia

Por Diego Peña y Javier Martínez-Pinna

A mediados del segundo siglo antes de Cristo, Roma se debatía en una crisis que hizo temblar las bases constitucionales de la todopoderosa República. Después de muchos años de guerra, los pequeños campesinos romanos, aquellos que habían proporcionado los mejores soldados con los que se nutrieron las legiones, se hallaban al borde de la extenuación. Pese a todos sus esfuerzos, nunca pudieron competir con los grandes propietarios, que cada vez producían a más bajo coste, merced a la utilización de esclavos en sus enormes latifundios. Al no poder compensar esta situación de inferioridad, muchos de ellos no tuvieron otro remedio más que vender sus pequeñas parcelas, para terminar convirtiéndose en una clase desarraigada, ajena a los medios de producción, y sujeta a las nuevas condiciones que imponía un nuevo tipo de economía de corte especulativo.
                Las salidas eran muy pocas, casi nulas, especialmente si tenemos en cuenta que en la ciudad los talleres artesanos, empezaron a emplear mano de obra servil que condenó a la indigencia a los empleados que antes habían trabajado en ellos. Fue en este contexto donde surgió un personaje clave para poder entender los acontecimientos principales, que marcaron la historia del mundo romano, y que a la larga supondrán la muerte del régimen republicano.
                Tiberio Sempronio Graco era miembro de la alta aristocracia romana, pero a diferencia del resto de senadores que formaban la nobilitas, supo detectar a tiempo las graves contradicciones que amenazaban los cimientos institucionales del estado. Por eso, a pesar de que su política pudiese parecer revolucionaria, sus ideas eran profundamente conservadoras, en su objetivo de garantizar el cuerpo cívico-social, que tradicionalmente se había basado en la existencia de campesinos romanos, propietarios de tierras, y que había formado la base para el reclutamiento del ejército. Es por eso por lo que, al reducirse el número de propietarios, el Senado se encontró con dos alternativas posibles, o bien se prolongaba la estancia de los soldados en el ejército, algo tremendamente injusto, o bien se aumentaba el número de propietarios recurriendo a un reparto de tierras existentes en el ager publicus, solución más lógica pero que chocó con los intereses de unas clases pudientes que como otras tantas veces a lo largo de la Historia, no les importó lo más mínimo la suerte de su patria si esta chocaba con la conservación de sus propios privilegios. Hay cosas que nunca cambian.
                Pero Tiberio Sempronio Graco fue valiente, después de todo por sus venas corría la sangre de los Escipiones, al ser nieto por parte de madre del mismísimo Publio Cornelio Escipión, vencedor de Aníbal en la Segunda Guerra Púnica. En el 133 a.C. accedió al tribunado de la plebe, y no dudó ni un solo instante en presentar una nueva ley agraria después de exponerla en un brillante discurso en donde se subrayaron las injusticias del régimen y la necesidad de un reparto más equilibrado de la tierra. Después de todo, lo único que pretendió era confiscar las tierras usurpadas por los senadores romanos, aprovechándose de la larga estancia de estos pequeños propietarios en el ejército, luchando por la grandeza de Roma, para observar a su vuelta como la clase dirigente se había servido de los esclavos de unas regiones que sólo ellos habían logrado derrotar, para de esta forma sumirlos en la más extrema pobreza.
                No sin problemas, la ley agraria fue finalmente aprobada, por lo que se procedió a la elección de unos triunviros agrarios encargados de aplicarla y comenzar con el reparto. Pero las tensiones no tardaron en aparecer. Los gastos fueron muy numerosos, y para hacer frente a esta alta demanda de dinero, Graco propuso utilizar el tesoro que Atalo III de Pérgamo había dejado como herencia al pueblo romano, y que el tribuno necesitaba para poder continuar con su política. Esto era mucho más de lo que podía permitir la nobilitas, más aún con toda esa cantidad de dinero de por medio, por lo que aprovecharon las sesiones celebradas para discutir la propuesta de Tiberio Sempronio Graco, de acceder otra vez al tribunado, y mandaron a un grupo de matones, encabezados por Escipión Násica, que la emprendieron a porrazos contra todos los seguidores del malhadado tribuno. A Tiberio Sempronio Graco le mataron de un mazazo en la nuca, y su cuerpo y el de un centenar de seguidores fueron arrojados a las cristalinas aguas del Tíber que a partir de entonces quedaron manchadas de injusticia.
Con la muerte del mayor de los Graco la fractura de la sociedad romana así como la franja de desigualdad entre las clases populares identificadas en la plebe urbana, los itálicos conquistados y el orden ecuestre, frente a los optimates, aristocracia romana, era insalvable y requería, como en tiempos de la Ley de las Doce Tablas, de un reajuste, algo que no se conseguiría sin violencia.
Cayo Graco, educado por su madre Cornelia y por preceptores griegos, al igual que su hermano, estuvo al lado de Tiberio en la comisión agraria (IIIviri agris dandis adsignandis iudicandis) y cogió el testigo a la muerte de éste en el 133 a.C., con apenas 22 años. Tras un periodo iniciático, que le llevó a hacerse con el Tribunado de la Plebe en el 123 a.C. puso en marcha todo un plan de reformas encaminadas no sólo a terminar el trabajo de su hermano mayor, sino a profundizar y mejorar los “revolucionarios” cambios que le enfrentarían con la clase senatorial, incluyendo a sus todopoderosos parientes los Escipiones.
Entre estas reformas, Cayo pretendía excluir, para acceder a cualquier magistratura, a todo aquel que hubiese sido destituido soberanamente por el pueblo, pero también, tal vez teniendo en su memoria a su propio hermano, poner ante la justicia a todo aquel que hubiese condenado a alguien sin pasar por los tribunales (lex de capite civis). No menos llamativo fue su intento de encarcelar de todo magistrado que participase en la condena de un inocente (lex ne quis iudicio circunveniatur); también volvió a darle poderes jurídicos a la comisión para llevar a cabo la reforma del ager publicus  iniciada por su hermano (lex agraria) y obligó al Estado a vender cereales a bajo precio a la plebe (lex annona), aboliendo la ley Calpurnia del 149 a. C. con lo que rompió el monopolio del Senado en los asuntos de los tribunales e introdujo, al mismo tiempo, la paridad de éstos con el orden ecuestre.
Es evidente que ante estas reformas la alta aristocracia romana no iba a quedarse de brazos cruzados. El partido de los optimates esperaba con impaciencia el final del tribunado de Cayo (dos años), sin embargo el pequeño de los Graco cometió el error de intentar presentarse para un tercer mandato con la intención de afianzar sus reformas que en otro caso serían totalmente destruidas desde el Senado. Previamente los aristócratas habían ganado para su causa al otro tribuno de la plebe, Marco Livio Druso, para que en ausencia de Cayo, que se encontraba fundando la primera colonia fuera de suelo itálico, Colonia Junonia, cerca de Cartago, dictase leyes impopulares en Roma y atraer la enemistad del manejable pueblo hacia Cayo (¡qué poco hemos cambiado ¿verdad?!) No hacían falta más excusas. El Senado puso en marcha un senatus consultum ultimum, que otorgaba plenos poderes a los dos cónsules del momento. Cayo Graco y su compañero para el tercer mandato, Marco Fulvio Flaco, fueron declarados enemigos de la República.
Marco Fulvio y sus hijos fueron asesinados y Cayo Graco se suicidó a la edad de 33 años (121 a.C.), edad a la que, según parece, mueren los héroes. La historia de los hermanos Graco podría resumirse en el famoso título de la novela del gran Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.
Pero si la muerte de los Graco era evidente, evidente también es que sin su legado Roma no hubiese jamás construido su imperio. Las reformas que en su momento podríamos denominar de revolucionarias, salvando las distancias, vistas desde el prisma de la historia se nos antojan las únicas posibles para configurar lo que después fue Roma, ya que sin el reparto de la riqueza de las sucesivas conquistas entre todo el pueblo romano al que se le fue uniendo gente a través de la concesión de la ciudadanía, habríamos tenido sólo un gran castillo de naipes aristocrático que en poco tiempo hubiera colapsado y sido destruido, como le ocurrió a otros imperios que no tuvieron unos Graco.

La semilla plantada por los Graco no fue, por lo tanto, estéril, sino que Mario se encargó de regarla y abonarla, Julio César podó y sulfató lo que ya había crecido, y Octavio Augusto recogió todos sus frutos. Pero esa es otra historia.