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jueves, 10 de noviembre de 2016

EXPLORADORES. En busca del sueño americano.

Monumento a España en Buenos Aires


Persiguieron un sueño, pero terminaron encontrando un Nuevo Mundo.
Esta es la historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y de Francisco Vázquez
de Coronado, dos hombres con los que se inicia la exploración de un vasto
territorio de lo que más tarde serán los EE. UU.
Revista Vive la Historia, nº 26. Marzo de 2016
por Diego Peña y Javier Martínez-Pinna

“Animoso, noble, arrogante, los cabellos rubios y los ojos azules y vivos, barba larga y crespa, mozo de treinta y seis años, agudo de ingenio, era Alvar un caballero y un capitán a todo lucir; las mozas del Duero enamorábanse de él y los hombres temían su acero.”

Esta conocida descripción de Cabeza de Vaca nos llega, supuestamente, de un cronista del s. XVI llamado Maestre Juan de Ocampo. Sin embargo esta empalagosa exhortación romántica sobre una de las figuras más emblemáticas de la conquista y descubrimiento del continente americano, y que ha perdurado en el imaginario colectivo durante décadas, no es cierta. Se trata de un texto apócrifo salido de la imaginación del periodista y escritor venezolano Rafael Bolívar Coronado, que a principios del s. XX se inventó cinco crónicas de Indias, incluida la del Maestre Juan de Ocampo, La gran Florida (1919), y su increíble inventario caballeresco de Cabeza de Vaca. La expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida en busca de fortuna y gloria, así como la gran aventura de Cabeza de Vaca y sus tres compañeros de fatigas por el sur de los Estados Unidos y norte de México, es de todo lo que podamos imaginar menos heroica y romántica.

Sin embargo, antes de juzgar a estos hombres debemos situarnos en el contexto histórico en el que acontece nuestro relato, así como en la mentalidad de unos hombres que, indudablemente, no estaban preparados sino para una sociedad post-medieval, para una supervivencia en un mundo europeo que luchaba por salir de la superstición y la incultura, que sin saber ni cómo ni porqué se hacían matar por valores tan opacos como la lealtad a un rey, a un señor feudal o a una religión, muchas veces por honor  de estos valores inculcados a fuego desde la más tierna infancia, y las más de las veces en una búsqueda desesperada de reconocimiento, fama y dinero para engañar al hambre y a una más que presumible prematura muerte.

Pánfilo de Narváez venía de su persecución a Hernán Cortés por tierras aztecas y también de ver cómo se descubría y conquistaba un imperio repleto de riquezas que colmó de títulos, oro y fama mundial al hidalgo extremeño. Por su parte Álvar Núñez Cabeza de Vaca, hidalgo venido a menos y huérfano desde los 8 años, sirvió en el ejército de Fernando el Católico en las campañas italianas a una edad muy temprana. La vida de Cabeza de Vaca, envuelta en el misterio y la especulación, se intuye repleta de dificultades en una España donde la carestía de los más pobres, hidalgos o no, forjaba individuos bregados, rudos, primarios y dispuestos a todo. Estos hombres fueron en gran parte los que buscaron mejorar su estatus social y económico en la tierra de oportunidades en que se había convertido el territorio de Indias que descubriera Colón.

Cabeza de Vaca en museo Texas
Cabeza de Vaca, oriundo de Jerez de la Frontera, iniciaría su primer viaje a las Indias formando parte como segundo al mando y como tesorero de la expedición de Pánfilo de Narváez,  al que Carlos I otorgó una licencia para reclamar lo que es ahora la costa del golfo de México de los Estados Unidos. Con 600 hombres entre soldados, clérigos, marineros y esclavos, partió el 17 de junio de 1527 del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda. Nueve años después los únicos cuatro supervivientes de aquella aventura,  Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza, y su esclavo moro Estevanico, lograron finalmente reunirse con compatriotas españoles en la actual Ciudad de México. Veamos que pasó.

Tras una parada técnica de reavituallamiento en las Islas Canarias la expedición llegó a Santo Domingo en agosto de 1527 donde empezaron a tener las primeras deserciones de la tripulación por miedo a lo desconocido. En septiembre llegaron a Cuba, donde reclutaron hombres y compraron caballos. Allí Narváez dividió la flota enviando a Trinidad dos naves comandadas por Cabeza de Vaca y un tal Pantoja, ¿qué podía salir mal?

Absolutamente todo salió mal, a partir de ese momento la expedición de Narváez se convirtió en un auténtico infierno. Los dos barcos enviados a Trinidad naufragaron perdiendo víveres, caballos y más de 60 hombres. Una vez reunificados emprendieron la marcha llegando por fin a La Florida un 12 de abril de 1528, a la hoy conocida como Bahía de Tampa. Pronto decidieron explorar la zona interior dividiendo al grupo, lo que supuso un punto de fricción entre Narváez y Cabeza de Vaca, quedándose éste último en tierra para que nadie pensara que era un cobarde. Desde ese momento la búsqueda de ciudades ricas en oro, de civilizaciones perdidas e imperios que conquistar se convirtió en una de las peores pesadillas de los españoles en América. Los huracanes y tempestades, los ataques de los indios, las zonas pantanosas, el hambre y la sed, dejaron al grupo de Cabeza de Vaca con tan sólo 15 hombres, los cuales para poder sobrevivir no sólo terminaron comiéndose a sus caballos sino que llegaron a practicar el canibalismo.
Edición 1555 Comentarios Gobernador Cabeza de Vaca

Al llegar a la actual isla de Galveston, la tribu de los Carancaguas los acogió y en un primer momento los trató como a curanderos. Sin embargo acabaron siendo sus sirvientes. El jerezano acabó esclavizado por los indios durante más de seis años, hasta que consiguió escapar de su prisión y toparse con los indios Charrucos, con los que encontrará la forma de ganarse la vida ejerciendo de comerciante para el trueque entre las diferentes tribus de la zona, en un territorio próximo a la actual San Antonio y la costa tejana. Estando en estos quehaceres se topó, y ya es casualidad, con tres supervivientes más de la expedición de Narváez, a saber, Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y Estavanico (sirviente de raza negra de Andrés Dorantes), no deja de ser irónico que el primer africano en pisar USA fuera un esclavo.

La experiencia de Cabeza de Vaca con los indios les hizo sobrevivir haciéndose pasar los cuatro por chamanes, de este modo comenzaron una nueva aventura hacia el suroeste de los actuales Estados Unidos y el Norte de México en busca de una ruta segura de regreso a la Nueva España. Durante el trayecto remontaron el río Bravo, deambularon por la hoy frontera entre México y Estados Unidos, se toparon con tribus dedicadas a la caza del bisonte, con las que convivieron, y llegaron a las orillas del río Sinaloa donde por fin se toparon con exploradores españoles que los rescataron y llevaron a la Nueva España.

Tras su largo viaje por las tierras del suroeste de los EEUU y norte de México, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, escribió una obra conocida con el nombre de Naufragios, en donde pudo relatar sus “andanzas” junto a sus queridos y abnegados compañeros. Pronto empezaron a propagarse los rumores sobre la existencia de una serie de ciudades repletas de oro, que muchos relacionaron con el antiguo mito portugués de Cíbola.

Estas habladurías hicieron despertar la ambición del virrey de Nueva España, que inmediatamente organizó una expedición al frente de la cual situó a fray Marcos de Niza, acompañado por el astuto Estevanico. En un principio la cosa no pareció salir del todo mal, entre los dos lograron llegar al país de los zuñis, en Nuevo México, para encontrar un pequeño grupo de aldeas que precipitadamente interpretaron como Cíbola. Pero lo peor para ellos aún estaba por llegar, porque la presencia española estaba a punto de ser contestada de forma hostil por algunos de los pueblos indígenas que habitaban la zona. Inmediatamente comenzaron a acosar a los castellanos con una serie de rápidos golpes de mano que diezmaron a los conquistadores. En uno de estos ataques, terminó cayendo el moro Estevanico, después de que una traicionera flecha le segase la vida.





La muerte del que siempre se consideró el alma mater de la expedición, hizo hundir la moral de los españoles, que finalmente huyeron en desbandada para llegar con más pena que gloria a tierras de Nueva España, en donde los pocos supervivientes que habían logrado salvar el pellejo, trataron de justificar su comportamiento magnificando todo aquello que habían visto y recorrido. Tan convincentes resultaron sus explicaciones que los españoles terminaron organizando una nueva expedición, pero esta de mayores proporciones.


El nuevo intento se produjo en 1540 y tuvo como protagonista a Vázquez de Coronado. Mucho más ambicioso que las anteriores, logró reunir para dicha empresa a 350 españoles y a 800 indígenas mexicanos, por lo que los conquistadores se tuvieron que emplear a fondo para reunir todo el dinero posible para financiar el viaje. El mismo Coronado se vio obligado a hipotecar las posesiones de su inocente mujer, no sin antes convencerle de toda la gloria que el destino le tenía reservado para él y para todos los suyos, al estar a punto de descubrir una ciudad inundada de oro e indescriptibles riquezas.

Con gran pompa, esta enorme comitiva se puso en marcha hacia las tierras de ese remoto e inexplorado territorio que años atrás había recorrido Cabeza de Vaca, pero a los pocos días de marcha los víveres comenzaron a escasear. Afortunadamente, en esta ocasión los castellanos habían sido más previsores que sus antecesores y por eso se hicieron acompañar de un enorme rebaño compuesto por varios centenares de bueyes, ovejas y cerdos para cuando apretase el hambre. No sin dificultades lograron llegar al fin a Culiacán, Sinaloa, para desde allí iniciar un épico viaje por el que se vieron obligados a atravesar el árido desierto de Arizona, seguidos bien de cerca por una enorme piara de gorrinos famélicos. Pero todos estos padecimientos eran necesarios para llegar al lugar de ensueño del que habían oído hablar gracias al bueno de fray Marcos. Por eso decidieron seguir andando, insensibles al calor, a la enfermedad y a los esporádicos ataques de unos nativos que los miraban con desconfianza, y los recibían a flechazos. Y por fin, lejos en el horizonte, pudieron vislumbrar eso por lo que tanto habían sufrido, las aldeas de los indios zuñi, el lugar en donde les esperaban las ciudades de Cíbola.

Señalizaciión del paso cabeza de vaca por la Florida
Cuando se acercaron descubrieron para su pesar que allí no había nada: ninguna ciudad tan bella como dos Sevillas juntas, ni grandes catedrales tocadas con hermosas cúpulas doradas y puertas de turquesa, sólo unas pequeñas casuchas hechas con barro y cubiertas de paja pobladas por unos indios con cara de pocos amigos. No había duda, el malnacido fray Marcos de Niza y los suyos les habían tomado el pelo.

Ya no quedaba mucho por hacer, pero Vázquez de Coronado no se dio por vencido. No estaba dispuesto a volver con las manos vacías a Nueva España, para convertirse en el hazme reír de todos aquellos que vieron con incredulidad el inicio de su viaje. Tampoco le tentaba el recibimiento de su querida y arruinada esposa, cuando le comunicase que había vuelto sin encontrar ni un solo gramo de oro. Por eso decidió dividir su contingente para seguir explorando en busca de su quimera.
Aunque pueda parecer que su aventura se terminó saldando con un absoluto fracaso, hemos de reconocer la importancia que tuvo el insigne descubridor salmantino, y su innegable influencia en la exploración de buena parte del territorio más meridional de los actuales Estados Unidos de América. Junta a su entrañable compañero, Hernando de Alvarado, recorrieron unas tierras hasta ese momento desconocidas para los europeos, siendo recordados como unos magníficos exploradores y descubridores de una extensa zona que iba desde el Gran Cañón del Colorado hasta las praderas de Kansas y Oklahoma, lugares en donde la influencia de la cultura española ha perdurado hasta nuestros días.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

BLAS DE LEZO. EL HEROE QUE DERROTÓ A INGLATERRA.



Después de la Guerra de Sucesión, Inglaterra trató de apoderarse de unas tierras que durante siglos habían pertenecido a la monarquía hispánica. Esta es la historia de Blas de Lezo, uno de los más brillantes y audaces militares españoles cuyo heroísmo puso contra las cuerdas al poderoso imperio inglés. Artículo publicado en Vive la Historia.

Por Javier Martínez Pinna y Diego Peña.

A principios del siglo XVIII, España se esforzaba por mantener su hegemonía en el Nuevo Mundo. El final de la Guerra de Sucesión había supuesto la liquidación del imperio europeo y por eso la monarquía borbónica centró su atención en los magros beneficios, que sus posesiones americanas podían ofrecer a una España que llevaba setenta años en claro declive. En este contexto, los ingleses no podían dejar pasar la oportunidad de fortalecer su poder a costa de una nación que se desangraba como consecuencia de sus evidentes contradicciones sociales y económicas, pero fue precisamente en este momento cuando apareció un hombre, cuya férrea voluntad e innegable patriotismo, permitió a España mantener su supremacía en América durante mucho tiempo.
                Blas de Lezo y Olavarrieta vino al mundo el día 3 de febrero de 1689 en el barrio donostiarra de Pasajes. De su infancia es poco lo que sabemos, aunque no tenemos dudas al afirmar que se educó en un colegio francés hasta el 1701, momento en el que se enrola en la Armada Francesa como guardamarina.
                En este mismo año se iniciaba en Europa la Guerra de Sucesión, como consecuencia del problema sucesorio al trono español después de la muerte del malhadado Carlos II. El nombramiento como rey español de Felipe de Anjou, apoyado por la monarquía francesa, fue contestado por el resto de potencias europeas, encabezadas por Inglaterra, temerosos de la fuerza que podían adquirir España y Francia, ambas gobernadas por la dinastía borbónica.
                Durante este conflicto, Blas de Lezo empezó a demostrar sus cualidades militares y una valentía casi temeraria que le permitieron ascender rápidamente y convertirse en uno de los marineros más valorados de la Armada Española. Su servicio en buques franceses se explica por el interés de los dos países aliados de intercambiar oficiales entre sus ejércitos para mejorar su formación, y así lo hizo Blas de Lezo cuando sirvió embarcado en el Foudroyant, buque insignia del conde de Toulouse, desde el mismo momento en el que se rompieron las hostilidades. Quiso la Historia que el joven oficial español tuviese su bautismo de fuego en la batalla naval de Vélez Málaga, la más importante de la Guerra de Sucesión, y que enfrentó a una flota anglo-holandesa dirigida por el almirante Rooke, con una franco-española al frente de la cual se encontraba el conde de Toulouse. A pesar del gran número de unidades desplegadas por ambos bandos, el resultado de este primer choque fue bastante impreciso, ya que entre otras cosas no se consiguió hundir ninguno de los grandes buques que durante horas intercambiaron un intenso fuego de artillería. De todas maneras, la peor parte parece que se la llevaron los ingleses, porque sus bajas ascendieron a las 2500 por las 1600 de los franceses y españoles, a lo que se tuvo que sumar la gran cantidad de heridos, entre los que se contaba al propio Blas de Lezo del que se dice que luchó de forma ejemplar hasta que una bala de cañón le alcanzó en la pierna, provocándole una graves lesiones que hicieron inevitable su amputación.
                Debido al valor demostrado en la batalla, reconocido entre otros por el conde de Toulouse, fue premiado con su ascenso a “Alférez de bajel de alto bordo” y lo más increíble de todo, con tan sólo quince años de edad. Su recuperación fue larga, pero Blas de Lezo siempre soñó con el momento de volver a embarcarse, y por eso no dudó en rechazar el cargo de asistente de cámara de la corte del rey español Felipe V. En 1705 se produjo su vuelta al mar, operando en diversos buques y participando en distintas campañas mediterráneas como en el auxilio de las ciudades de Palermo y Peñíscola, pero especialmente de Barcelona para el que se le asignó una pequeña flota para abastecer a las tropas borbónicas. Casi al mismo tiempo se le reconoce a Blas de Lezo un nuevo prodigio, el de la captura en 1707 y posterior incendio del buque inglés HMS Resolution, un barco de tercera clase y armado con setenta cañones, que fue derrotado por un barco francés, el Toulouze, de menor tonelaje, en el que nuestro protagonista servía como Alférez de Navío.
                En julio de ese mismo año, las tropas imperiales del príncipe Eugenio de Saboya iniciaron el asedio de Tolón, en el sur de Francia, apoyados por la flota inglesa del almirante Shovell, que durante días bombardearon la ciudad. Hasta allí se dirigió Blas de Lezo, para participar en la defensa del fuerte de Santa Catalina, con tan mala suerte que tras el impacto de una bala de cañón en uno de los muros de la fortificación, una esquirla le impactó en un ojo hasta provocarle unas heridas internas que fueron irreparables.
                Esta nueva demostración de valía le supuso el ascenso al grado de Teniente de Guardacostas en el año 1707. Con tan sólo 18 años Blas de Lezo había perdido una pierna, y también un ojo, pero nada parecía apartarlo de su sueño. Tras una breve convalecencia, el joven marinero vasco volvió a embarcarse en diversos barcos franceses y españoles, desde donde participó en la captura de nuevos buques ingleses, como el Content, pero especialmente del Stanhope, un gran navío de dos puentes y 70  cañones, con el que se habría enfrentado Lezo a bordo de una pequeña fragata en evidente desigualdad de condiciones. A pesar de que este hecho nunca ha sido aceptado por los autores ingleses, cuenta la historia que el oficial español evitó el combate de costado para no verse expuesto a la superior potencia artillera de los ingleses, prefiriendo abordar el barco por popa hasta conseguir su rendición.
                Dos años más tarde, encontramos a nuestro protagonista combatiendo en Barcelona contra las tropas imperiales del Archiduque Carlos, esta vez al mando del Campanella, un barco que se sumó al asedio de la ciudad en los momentos finales de la Guerra de Sucesión. El 11 de Septiembre de 1714 se produjo un episodio fundamental en la vida de este insigne militar, cuando no se sabe muy bien si en un nuevo enfrentamiento contra las defensas costeras de la ciudad, o contra un barco inglés, Blas de Lezo recibe un balazo de mosquete en su antebrazo derecho, dejando su extremidad  sin movilidad durante el resto de su vida.
                Ya nadie podía dudar de la osadía de este personaje cuya fama empezó a convertirse en legendaria entre los marineros que formaron parte de la tripulación de unos barcos españoles que, desde ese momento, empezaron a jugar su última partida para mantener la hegemonía en el mar de la vieja monarquía hispánica. Tuerto, cojo y manco, muchos empezaron a conocer a Lezo como medio hombre o patapalo, aunque a decir verdad no tenemos ninguna evidencia sobre la utilización de estos “motes” durante su vida.
                Ni aun en estas condiciones, se planteó la posibilidad de rechazar el nuevo ofrecimiento de su rey Felipe V, cuyo gobierno le pidió su traslado hasta el continente americano al mando del buque Lanfranco, como parte de una escuadra enviada a los mares del sur para luchar contra los piratas y corsarios franceses que operaban en las costas pacíficas del Perú. Allí pasó muchos años, combatiendo contra unos criminales que amenazaban con romper las comunicaciones en una ruta cuyo control era fundamental para hacer llegar los cargamentos de plata hasta Panamá. Pero en su biografía también hubo tiempo para el amor, porque en tierras del Virreinato del Perú conoció a doña Josefa Mónica Pacheco Bustios y Solís, una joven criolla con la que contrajo matrimonio y formó una nutrida familia.
                Con ella partió en 1730 de nuevo hacia España, un país que se esforzaba por recomponer su fuerza en el Mediterráneo. Pero para ello, era necesario dejar sentir su presencia en Italia, y hacer respetar los intereses de una España en claro retroceso en el ámbito internacional. Como jefe de una escuadra naval, Blas de Lezo navegó hasta Génova, una ciudad empeñada en humillar a la antigua potencia, al negarse a saldar una deuda contraída de dos millones de pesos. Al frente de seis buques de guerra españoles, el oficial se presentó en la zona portuaria para posteriormente exigir a sus autoridades el homenaje a la enseña nacional y amenazar a sus autoridades con el bombardeo de la urbe si no le entregaban en el acto los fondos adeudados. Ante tan contundentes razones, el Senado genovés no se lo pensó ni un solo instante, y por eso a los pocos días, la escuadra hispana puso rumbo hacia Alicante, con una enorme cantidad de dinero para sufragar la siguiente campaña de la monarquía española: recuperar el estratégico enclave de Orán, el cual cayó con la decidida participación de Lezo.
                Más lejos no se podía llegar. Su prestigio, al menos en esta ocasión, fue reconocido por el mismo Felipe V, tanto que le concedió el honor de utilizar la bandera morada con su escudo de armas, además del reconocimiento de su ingreso en la Orden del Espíritu Santo y la Orden del Toisón de Oro. Por si pudiese parecer poco, en 1734 fue ascendido a Teniente General y destinado a Cádiz, plaza desde donde saldría en 1737 hacia América para protagonizar una de las gestas más épicas en la historia de las armas españolas.
                En aquel momento, Inglaterra estaba empeñada en desplazar a España como fuerza dominante en el Cono Sur americano. Tampoco estaba dispuesta a renunciar a las fabulosas riquezas presentes en un espacio geográfico que codiciaba por encima de todo. El principal problema de la Pérfida Albión era que ambas naciones se encontraban en paz desde 1713, y no existía ningún pretexto que justificase el inicio de la guerra. Tal vez por eso, los ingleses decidieron hacer las cosas como ellos mejor sabían: a traición y por la espalda, potenciando una vez más la práctica de la piratería y del contrabando, con el consiguiente quebranto de los intereses comerciales españoles en América. A pesar de todo, el potencial de la flota española volvió a crecer gracias a la labor del ministro Patiño, lo que significó el aumento de la capturas de estos barcos pirata tanto en la zona caribe como en las costas del Pacífico.
                Fue uno de estos problemas de contrabando el que al final provocó el inicio de las hostilidades, cuando un navío español al mando del capitán Fardiño, logró apresar el mercante británico del capitán contrabandista Robert Jenkins, razón por la cual el gobierno inglés decidió declarar la guerra a España. Las primeras actuaciones inglesas no se dejaron esperar, lo que demuestra la preparación para el conflicto desde mucho tiempo antes de su inicio. En noviembre del 1739, el almirante sir Edward Vernon atacó la ciudad de Portobelo con la intención de interrumpir las comunicaciones del Virreinato de Nueva Granada con México. Indudablemente la localidad, escasamente defendida, cayó sin apenas resistencia, lo que animó al almirante inglés a iniciar los preparativos para asestar el gran golpe que a la postre supondría la conquista británica de todo el virreinato de Nueva Granada. No sin dificultades, Vernon reunió la que se ha venido a considerar una de las mayores flotas de todos los tiempos, al menos hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, formada por unos 130 buques y unos 30.000 hombres, entre los que destacaban los 9000 casacas rojas, más otros 4.000 soldados procedentes de las colonias norteamericanas y varios miles de jamaicanos que actuaban como auxiliares. Por si pudiese parecer poco, los ingleses se plantaron ante la costa de Cartagena de Indias con más de dos mil cañones, cuya intención era acallar los escasos anhelos de esperanza de unos españoles que sólo contaban con un cuerpo de ejército de 1.100 soldados veteranos de los regimientos de Aragón y España, más unos 400 reclutas y unos 600 milicianos de la ciudad. Frente a la imponente flota del rey Jorge III de Inglaterra, los defensores de Cartagena de Indias contaban sólo con seis barcos: el Galicia, el San Carlos, el San Felipe, el África, el Dragón y el Conquistador; una fuerza menor, pero dirigida por el que nos atrevemos a considerar como el mejor militar del siglo XVIII.
                Vernon llegó al mando de su flota el 13 de marzo de 1741 con ganas de terminar por la vía rápida con la resistencia de los españoles. Desde el primer día las fortalezas que defendían Cartagena de Indias fueron sometidas a un feroz fuego artillero hasta convertirlas en escombros. Bocachica, defendida estoicamente por Carlos Desnaux y 500 hombres logró resistir dieciséis días hasta que no tuvieron otra opción más que replegarse.
                Mientras tanto, los barcos españoles se batieron con decisión para evitar que la flota inglesa penetrase por la bahía, pero su esfuerzo fue en vano debido a la enorme superioridad numérica de los asaltantes. Ya todo era cuestión de tiempo, la victoria estaba al alcance de su mano, y por eso Vernon envió un correo a Londres anunciando su victoria, que fue tan bien acogida que las autoridades inglesas decidieron acuñar unas monedas conmemorativas en las que se veía a Blas de Lezo (con dos piernas) humillándose ante el almirante.
                A pesar de todo, esta partida aún no había acabado. La aguerrida infantería española diezmada por el incesante fuego enemigo se terminó retirando para tomar posiciones en el castillo de San Felipe de Barajas, en donde 600 hombres se vieron sometidos a un nuevo bombardeo como paso previo al asalto definitivo que, esta vez sí, tendría que haber dado la victoria a un ejército inglés cada vez más desmoralizado por la inexplicable resistencia de unos españoles que luchaban contra su propio destino.
                Vernon ordenó a sus hombres que se adentrasen sigilosamente en la selva para rodear la fortaleza de San Felipe, e inmediatamente atacar desde la retaguardia, forzando una pequeña entrada que Blas de Lezo se había preocupado por taponar con 300 hombres armados con armas blancas que, contra toda lógica, y emulando a los famosos 300 de las Termópilas, repelieron el ataque inglés causándoles unas 1.500 bajas. Fue en ese momento cuando el ánimo de los británicos se desplomó hasta rayar en la desesperación. La desconfianza se apoderó de todos los miembros del estado mayor inglés, pero al final Vernon pudo imponer su voluntad. Debían de intentarlo una vez más. La noche del 19 de Abril varios miles de soldados ingleses volvieron a avanzar por la selva, pero esta vez apoyados por un espectacular fuego de artillería y cargados con unas escalas para asaltar las murallas de San Felipe. Pero nuevamente, Blas de Lezo fue más listo que su contrincante, porque previendo este peligro había ordenado cavar un foso alrededor de la fortaleza, por lo que las escalas se quedaron irremediablemente cortas, dejando a los asaltantes expuestos a un fuego incesante por parte de los últimos defensores de Cartagena de Indias.
                Los ingleses habían llegado hasta el límite de sus posibilidades, pero por si existía alguna duda sobre la evidencia de que esta vez la victoria sería para los españoles, Lezo ordenó una carga a bayoneta que provocó la huida en desbandada de los británicos y su derrota en una guerra en la que sucumbió una buena parte de la oficialidad británica y de su temida flota.

                España, en cambio, logró mantener su supremacía en América  y recuperar su protagonismo en el  mundo, merced a la valentía y al patriotismo de un pequeño grupo de individuos que brillaron con luz propia en este siglo XVIII, repleto de españoles ilustres, del que Blas de Lezo fue uno de los más sobresalientes. 

martes, 8 de noviembre de 2016

LOS GRACO: orígenes de una revolución.


¿Se imaginan una ley que le permitiese al Estado disponer de las tierras públicas en beneficio de los más desfavorecidos? ¿O una ley que obligase al Estado a vender comida de primera necesidad a bajo precio entre la población? O mejor aún ¿una ley que obligara a nombrar a los jueces de entre el pueblo, además de entre la casta senatorial? Aunque cueste trabajo de creer, esto es lo que intentaron los Graco, una familia patricia que trató de frenar el progresivo proceso de descomposición de una República inmersa en una profunda crisis económica, moral y política. Artículo publicado en Vive la Historia

Por Diego Peña y Javier Martínez-Pinna

A mediados del segundo siglo antes de Cristo, Roma se debatía en una crisis que hizo temblar las bases constitucionales de la todopoderosa República. Después de muchos años de guerra, los pequeños campesinos romanos, aquellos que habían proporcionado los mejores soldados con los que se nutrieron las legiones, se hallaban al borde de la extenuación. Pese a todos sus esfuerzos, nunca pudieron competir con los grandes propietarios, que cada vez producían a más bajo coste, merced a la utilización de esclavos en sus enormes latifundios. Al no poder compensar esta situación de inferioridad, muchos de ellos no tuvieron otro remedio más que vender sus pequeñas parcelas, para terminar convirtiéndose en una clase desarraigada, ajena a los medios de producción, y sujeta a las nuevas condiciones que imponía un nuevo tipo de economía de corte especulativo.
                Las salidas eran muy pocas, casi nulas, especialmente si tenemos en cuenta que en la ciudad los talleres artesanos, empezaron a emplear mano de obra servil que condenó a la indigencia a los empleados que antes habían trabajado en ellos. Fue en este contexto donde surgió un personaje clave para poder entender los acontecimientos principales, que marcaron la historia del mundo romano, y que a la larga supondrán la muerte del régimen republicano.
                Tiberio Sempronio Graco era miembro de la alta aristocracia romana, pero a diferencia del resto de senadores que formaban la nobilitas, supo detectar a tiempo las graves contradicciones que amenazaban los cimientos institucionales del estado. Por eso, a pesar de que su política pudiese parecer revolucionaria, sus ideas eran profundamente conservadoras, en su objetivo de garantizar el cuerpo cívico-social, que tradicionalmente se había basado en la existencia de campesinos romanos, propietarios de tierras, y que había formado la base para el reclutamiento del ejército. Es por eso por lo que, al reducirse el número de propietarios, el Senado se encontró con dos alternativas posibles, o bien se prolongaba la estancia de los soldados en el ejército, algo tremendamente injusto, o bien se aumentaba el número de propietarios recurriendo a un reparto de tierras existentes en el ager publicus, solución más lógica pero que chocó con los intereses de unas clases pudientes que como otras tantas veces a lo largo de la Historia, no les importó lo más mínimo la suerte de su patria si esta chocaba con la conservación de sus propios privilegios. Hay cosas que nunca cambian.
                Pero Tiberio Sempronio Graco fue valiente, después de todo por sus venas corría la sangre de los Escipiones, al ser nieto por parte de madre del mismísimo Publio Cornelio Escipión, vencedor de Aníbal en la Segunda Guerra Púnica. En el 133 a.C. accedió al tribunado de la plebe, y no dudó ni un solo instante en presentar una nueva ley agraria después de exponerla en un brillante discurso en donde se subrayaron las injusticias del régimen y la necesidad de un reparto más equilibrado de la tierra. Después de todo, lo único que pretendió era confiscar las tierras usurpadas por los senadores romanos, aprovechándose de la larga estancia de estos pequeños propietarios en el ejército, luchando por la grandeza de Roma, para observar a su vuelta como la clase dirigente se había servido de los esclavos de unas regiones que sólo ellos habían logrado derrotar, para de esta forma sumirlos en la más extrema pobreza.
                No sin problemas, la ley agraria fue finalmente aprobada, por lo que se procedió a la elección de unos triunviros agrarios encargados de aplicarla y comenzar con el reparto. Pero las tensiones no tardaron en aparecer. Los gastos fueron muy numerosos, y para hacer frente a esta alta demanda de dinero, Graco propuso utilizar el tesoro que Atalo III de Pérgamo había dejado como herencia al pueblo romano, y que el tribuno necesitaba para poder continuar con su política. Esto era mucho más de lo que podía permitir la nobilitas, más aún con toda esa cantidad de dinero de por medio, por lo que aprovecharon las sesiones celebradas para discutir la propuesta de Tiberio Sempronio Graco, de acceder otra vez al tribunado, y mandaron a un grupo de matones, encabezados por Escipión Násica, que la emprendieron a porrazos contra todos los seguidores del malhadado tribuno. A Tiberio Sempronio Graco le mataron de un mazazo en la nuca, y su cuerpo y el de un centenar de seguidores fueron arrojados a las cristalinas aguas del Tíber que a partir de entonces quedaron manchadas de injusticia.
Con la muerte del mayor de los Graco la fractura de la sociedad romana así como la franja de desigualdad entre las clases populares identificadas en la plebe urbana, los itálicos conquistados y el orden ecuestre, frente a los optimates, aristocracia romana, era insalvable y requería, como en tiempos de la Ley de las Doce Tablas, de un reajuste, algo que no se conseguiría sin violencia.
Cayo Graco, educado por su madre Cornelia y por preceptores griegos, al igual que su hermano, estuvo al lado de Tiberio en la comisión agraria (IIIviri agris dandis adsignandis iudicandis) y cogió el testigo a la muerte de éste en el 133 a.C., con apenas 22 años. Tras un periodo iniciático, que le llevó a hacerse con el Tribunado de la Plebe en el 123 a.C. puso en marcha todo un plan de reformas encaminadas no sólo a terminar el trabajo de su hermano mayor, sino a profundizar y mejorar los “revolucionarios” cambios que le enfrentarían con la clase senatorial, incluyendo a sus todopoderosos parientes los Escipiones.
Entre estas reformas, Cayo pretendía excluir, para acceder a cualquier magistratura, a todo aquel que hubiese sido destituido soberanamente por el pueblo, pero también, tal vez teniendo en su memoria a su propio hermano, poner ante la justicia a todo aquel que hubiese condenado a alguien sin pasar por los tribunales (lex de capite civis). No menos llamativo fue su intento de encarcelar de todo magistrado que participase en la condena de un inocente (lex ne quis iudicio circunveniatur); también volvió a darle poderes jurídicos a la comisión para llevar a cabo la reforma del ager publicus  iniciada por su hermano (lex agraria) y obligó al Estado a vender cereales a bajo precio a la plebe (lex annona), aboliendo la ley Calpurnia del 149 a. C. con lo que rompió el monopolio del Senado en los asuntos de los tribunales e introdujo, al mismo tiempo, la paridad de éstos con el orden ecuestre.
Es evidente que ante estas reformas la alta aristocracia romana no iba a quedarse de brazos cruzados. El partido de los optimates esperaba con impaciencia el final del tribunado de Cayo (dos años), sin embargo el pequeño de los Graco cometió el error de intentar presentarse para un tercer mandato con la intención de afianzar sus reformas que en otro caso serían totalmente destruidas desde el Senado. Previamente los aristócratas habían ganado para su causa al otro tribuno de la plebe, Marco Livio Druso, para que en ausencia de Cayo, que se encontraba fundando la primera colonia fuera de suelo itálico, Colonia Junonia, cerca de Cartago, dictase leyes impopulares en Roma y atraer la enemistad del manejable pueblo hacia Cayo (¡qué poco hemos cambiado ¿verdad?!) No hacían falta más excusas. El Senado puso en marcha un senatus consultum ultimum, que otorgaba plenos poderes a los dos cónsules del momento. Cayo Graco y su compañero para el tercer mandato, Marco Fulvio Flaco, fueron declarados enemigos de la República.
Marco Fulvio y sus hijos fueron asesinados y Cayo Graco se suicidó a la edad de 33 años (121 a.C.), edad a la que, según parece, mueren los héroes. La historia de los hermanos Graco podría resumirse en el famoso título de la novela del gran Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.
Pero si la muerte de los Graco era evidente, evidente también es que sin su legado Roma no hubiese jamás construido su imperio. Las reformas que en su momento podríamos denominar de revolucionarias, salvando las distancias, vistas desde el prisma de la historia se nos antojan las únicas posibles para configurar lo que después fue Roma, ya que sin el reparto de la riqueza de las sucesivas conquistas entre todo el pueblo romano al que se le fue uniendo gente a través de la concesión de la ciudadanía, habríamos tenido sólo un gran castillo de naipes aristocrático que en poco tiempo hubiera colapsado y sido destruido, como le ocurrió a otros imperios que no tuvieron unos Graco.

La semilla plantada por los Graco no fue, por lo tanto, estéril, sino que Mario se encargó de regarla y abonarla, Julio César podó y sulfató lo que ya había crecido, y Octavio Augusto recogió todos sus frutos. Pero esa es otra historia.