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martes, 22 de noviembre de 2016

LA RATONERA DEL LAGO TRASIMENO. SEGUNDA GUERRA PÚNICA.


Joseph-Noël Sylvestre: El galo Ducar decapita al general romano Flaminio.

El 21 de junio de 217 a.C. Aníbal invadía la península itálica, tras la victoria sobre los romanos en la batalla del Trebia, esperaba al ejército consular de Cayo Flaminio escondido en las laderas que rodeaban el paso estrecho del lago Trasimeno. Aníbal interpretó a la perfección las intenciones del general romano, para hacer caer en la ratonera del desfiladero a las legiones, tenía que hacerle creer que el ejército africano transitaría por la entrada estrecha hacia el valle de salida, en la otra parte del lago. La encerrona la organizó montando su campamento, con sus hispanos y africanos a la salida del paso y colocando a la entrada del mismo, y convenientemente oculta, a su caballería. El resto del ejército, infantería ligera, los distribuyó en los cerros paralelamente al paso que recorrería el ejército romano en su trayecto creyendo perseguir a los cartagineses acampados ya fuera del estrechamiento.

Para que la trampa fuera más efectiva la mañana del 21 de junio, al amanecer, se levantó una espesa niebla, los dioses estaban con Aníbal, que impedía hacer reconocimientos del terreno más próximo por donde debían transcurrir las legiones. Flaminio, acampado a la entrada del estrecho decidió, en la creencia de que el cartaginés se dirigía con todos sus hombres hacia el valle, pasar sin más contemplaciones. Evidentemente los legionarios tuvieron que ponerse en columna de a dos o de a tres máximo y alargar todo lo posible la formación en su marcha. Una vez estuvieron todos los romanos dentro de la ratonera, quedando la caballería africana oculta a su espalda, Aníbal dio la señal de atacar a un ejército rodeado por el norte por las montañas y las tropas ligeras cartaginesas (honderos baleares y galos), por el oeste por la caballería púnica, por el este por las tropas de élite de Aníbal y por el sur por el lago (quizás la opción menos aterradora). 


A la señal de ataque siguió un ensordecedor grito de guerra de los enemigos urbi et orbe que debió de paralizar a las legiones en un primer momento, unos instantes de caos absoluto acrecentados por la densa niebla de la zona que impedía saber a ciencia cierta por donde organizar la defensa. Pronto todo el ejército se percata de que sólo la lucha más feroz podrá sacarles de allí, por lo que con total desorganización, pese a las órdenes del cónsul, se lucha en pequeños grupos anárquicos, ya no por Roma, sino por la vida misma. Rodeados los legionarios se batieron valientemente hasta la muerte durante más de tres horas, incluido el cónsul Flaminio que murió en el centro de la formación a manos de las hordas galas. En ese momento la lucha se convierte en huida, en sálvese quien pueda, muchos trataron de atravesar a nado el lago, así que una gran cantidad de legionarios murió ahogada o fueron abatidos atascados en el fango. Las cifras de los caídos en la batalla del lago Trasimeno difieren poco de un autor a otro, en resumen podemos afirmar que los muertos estarían entre los 10.000 y los 15.000 soldados mientras los prisioneros también rondarían los 15.000, de estos además formaban parte un curioso grupo que consiguió durante la batalla abrirse camino por el frente este de la misma y huir, sin embargo el lugarteniente de la caballería de Aníbal, el fiel Maharbal, los persiguió y les dio caza, haciéndolos prisioneros.

fragmento del libro Breve historia de las Guerras Púnicas. Editorial Nowtilus. 

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domingo, 20 de noviembre de 2016

ECNOMO. QUIEN DOMINE EL MAR, GANARÁ ESTA GUERRA.



Cuando estalló la Primera Guerra Púnica resultaba evidente que la flota cartaginesa estaba formada por barcos de mejor calidad, y además tenía unos tripulantes mucho más experimentados, lo que hacía entrever una fácil victoria de los africanos. Para resultar vencedor en este conflicto, cuyas principales operaciones militares se desarrollaron en Sicilia y en África, era necesario conseguir el dominio en el mar y así abastecer a los gigantescos ejércitos que ambos contendientes desplegaron para doblegar a su enemigo. Lo realmente curioso es que los romanos lograron equilibrar la balanza, gracias a la aplicación de un ingenio, el corvus, que permitió a los barcos romanos atrapar a los púnicos y así forzarles a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, convirtiendo los enfrentamientos navales en unas auténticas batallas protagonizadas por la infantería. 




... de esta forma se llegó al año 256 momento elegido por los cónsules L. Manlio Vulso y M. Atilio Régulo para hacerse a la mar. Durante varias jornadas de navegación tranquila, los romanos no se cruzaron con ningún barco cartaginés que retrase su decidida marcha en busca de su oportunidad de terminar, de una vez por todas, con esta interminable guerra. Todo estaba yendo mejor de lo que habían imaginado desde un principio, e incluso el buen tiempo se empeñaba en hacer del trayecto una marcha apacible, pero esas esperanzas de una victoria fácil se esfumaron de golpe cuando, de improviso, vieron a la flota cartaginesa situada frente al cabo Ecnomo. El aspecto que mostraba la armada púnica era sobrecogedor, con unos 250 barcos desplegados en una interminable línea en cuyo centro destacaba el buque insignia comandado por Amílcar. A sus lados se situaban los flancos ligeramente adelantados, amenazando con iniciar un movimiento de ataque para rodear a los barcos enemigos.

Frente a ellos, los romanos formaban con sus naves de guerra divididas en tres grandes escuadras, estando las dos primeras en vanguardia y en forma de cuña, comandadas por ambos cónsules, mientras que detrás de ellos estaban los barcos de transporte cuya seguridad era primordial porque en ellos se apelotonaban la mayor parte de los cien mil soldados de infantería que deberían de conquistar África. Por este motivo, la tercera escuadra romana cubría la retaguardia para evitar que ningún barco cartaginés cayese sobre unos buques grandes, pesados y sin ningún tipo de protección.

Inmediatamente los cónsules ordenaron a sus barcos cargar directamente sobre el centro de la formación africana, cuya disposición en forma lineal se mostraba débil frente a un ataque directo de unos barcos perfectamente agrupados y dispuestos a romper la formación de la armada enemiga. El avance fue rápido, pero incomprensiblemente los buques púnicos no hicieron el menor movimiento que les permitiese a los romanos adivinar las intenciones de Amílcar. Poco después, el almirante inició una rápida retirada de todos los barcos que se situaban en el centro de la formación cartaginesa, animando a los romanos a iniciar una persecución para terminar de golpe con una batalla que se empezaba a poner muy bien para sus propios intereses.




Lenta pero inexorablemente, los barcos romanos fueron picando el anzuelo y cayendo en la trampa que les había preparado Amílcar. Después de varias horas de navegación M. Atilio Régulo y L. Manlio Vulso, decidieron mirar hacia atrás para descubrir que sus barcos de transporte se encontraban situados a una gran distancia de las dos escuadras romanas que seguían empeñadas en buscar una victoria fácil destrozando el centro de formación púnica. Pero eso no era todo, pronto comprendieron que los flancos de sus adversarios no habían retrocedido, sino todo lo contrario y que ahora se encontraban navegando a toda prisa para atacar a los barcos de transporte romanos, lo cual demostraba el auténtico objetivo del plan ideado por Amílcar. Frente a dicha situación, los grandes buques itálicos no tuvieron más remedio que retroceder, poco a poco, hasta las costas de Sicilia intentando por todos los medios no encallar para no sucumbir ante los barcos cartagineses que ya se encontraban casi encima de ellos.

Afortunadamente, la columna dejada en retaguardia por los cónsules llegó en el momento oportuno para interponerse entre los barcos de transporte y las naves comandas por Hannón, las cuales iniciaron un ataque desde los flancos para evitar los devastadores efectos de los corvi romanos. La situación era desesperada; era poco lo que podían resistir frente a unas fuerzas mucho más numerosas y perfectamente alineadas...

fragmento del libro Breve historia de las Guerras Púnicas. Editorial Nowtilus. 







lunes, 14 de noviembre de 2016

BREVE HISTORIA DE LAS GUERRAS PÚNICAS. ROMA CONTRA CARTAGO.



A partir del s. III a.C. el mundo conocido entró en guerra. En esta obra el lector podrá ser partícipe de los enfrentamientos protagonizados entre romanos y cartagineses, pero también podrá empaparse de cultura grecolatina, de la esencia de lo que somos en el presente, y seremos en el futuro. En Breve historia de las guerras púnicas los autores ofrecen una visión general del contexto en el que se produce el estallido del conflicto, para de esta forma analizar las causas profundas de la guerra entre romanos y púnicos, y así mostrar a los lectores que dichas causas profundas no se diferencian en mucho a otros enfrentamientos bélicos contemporáneos como la segunda guerra mundial o algunos más próximos a nosotros.

En el libro se ofrece un especial protagonismo a la segunda guerra púnica y dentro de ésta a la península ibérica como centro geoestratégico de operaciones para ambas potencias hegemónicas, así como la importancia que esas operaciones y posterior colonización tuvo en la historia, cultura y sociedades autóctonas.

Dentro de esta segunda guerra púnica queremos pararnos, para distracción y entretenimiento de los lectores en unas grandes batallas, todavía hoy estudiadas en las academias militares, y por supuesto en las biografías y peculiaridades de los dos grandes generales en conflicto, Aníbal Barca y Publio Cornelio Escipión, así como en los ejércitos y ciudades en conflicto, Cartago y Roma. No desperdiciaremos la oportunidad de analizar pormenorizadamente los espacios hispanos más controvertidos como Cartago Nova o la importancia de Sagunto y el río Ebro como casus belli. Igualmente mostraremos cómo pudo Aníbal cruzar los Alpes con elefantes africanos, algo que ha levantado mucha controversia, pero que pocas veces se ha explicado convenientemente.

Sin embargo no todo fue guerra, uno de los capítulos más emocionantes es el titulado “El hombre es un lobo para el hombre”, dedicado a Plauto, el gran autor de la comedia romana que en plena segunda guerra púnica ofreció a la ciudadanía romana una novedosa forma de teatro del equívoco, cuya influencia se dejó sentir, mucho tiempo más tarde, en el teatro español del siglo de oro, en Shakespeare, pero también en la comedia de situación del Hollywood más clásico.

Para finalizar los autores dedican un capítulo a la determinante batalla de Zama, punto y final de la segunda guerra púnica pero que ya nos indica el camino hacia un nuevo orden mundial, algo que llegará con nuestro epílogo “Delenda est Carthago”, frase con la que el famoso Censor Catón el Viejo terminaba todos sus discursos en el Senado Romano.