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domingo, 27 de noviembre de 2016

BATALLA DE ZAMA. FICCIÓN.



Tu nombre es Servio Furio, segundo hijo de Tito Furio y de Julia Asinia. Tu hermano mayor, Tito Furio, murió en la trampa mortal del lago Trasimeno a la edad de veinte años, cuando tú sólo contabas cinco. Tu padre cayó heroicamente en el campo de batalla de Cannas al año siguiente. El infame Aníbal ultrajó a tu familia y destruyó vuestra humilde granja y cultivos, sucumbiendo tu madre y tú a la más terrible de las pobrezas. Salve a Fabio Máximo Cunctator que os compró la propiedad y os dejó vivir allí a cambio de parte de vuestro trabajo. Eres un soldado de la República de Roma porque te alistaste voluntariamente en el ejército del joven Escipión, Marte lo proteja e impida su derrota siempre, para buscar fortuna y gloria, y derrotar al monstruo que asoló vuestras tierras. Tu juventud unida a tu falta de recursos te obliga a encuadrarte en los velites del ejército proconsular de Publio Cornelio Escipión, formado en este mismo instante en la llanura de Zama. Frente a ti tienes una línea de 80 gigantes grises que jamás en tu vida habías visto y que, pese a lo que te habían contado los veteranos de Trebia, Trasimeno y Cannas, junto a los que compartes fortuna, nunca pensaste que existieran de verdad. Tras los paquidermos, el ejército cartaginés, tres filas heterogéneas de malditos mercenarios, aguerridos combatientes cuyo único objetivo es matarte. El procónsul os ha levantado muy temprano, os habéis hidratado bien y desayunado mejor, aun así te encuentras en una extraña tensión, tus ojos miran al horizonte intentando abarcar la totalidad de la formación de las huestes enemigas, pero no puedes, es como si vieras una imagen al final de un túnel, la imaginación te hace creer que has distinguido al temible Aníbal, subido a un elefante, detrás de sus hombres, uno de sus ojos es una concavidad yerma tapada con un parche, el general parece mirarte cual Polifemo amenazante, y su cuerpo es un curtido cuero oscuro cruzado por mil cicatrices. Está rodeado de sus veteranos de la invasión de Italia, a los que no necesita darles órdenes, sólo mirarlos. A tu alrededor tus compañeros alivian su estrés, algunos sollozando o rezando, otros se orinan o defecan encima y los más dispuestos se envalentonan dando ánimos al resto. Tus ojos son dos platos que ni siquiera la luz de la mañana consigue entrecerrarlos, tu cuerpo está a la vez rígido y tembloroso, es una palpitante masa muscular entrenada duramente por tu general para este momento, sudas y tienes frío al mismo tiempo, la mano que aprieta tu jabalina está roja por la presión ejercida. Te echas a un lado y vomitas sin poder evitarlo. Golpes secos, rítmicos y en composición acelerada martillean tus oídos, pero no sabes distinguir si son los latidos de tu corazón o los tambores de guerra del enemigo. Crees haber soñado hace unos minutos que el sol se ponía durante un espacio de tiempo indeterminado y luego volvía a lucir, como una broma o una bendición, no sabrías decir, de los dioses. De repente una nube de polvo se levanta en el horizonte y los bramidos de los elefantes se confunden con las trompetas del hades. Empieza a relajarse algo tu cuerpo y a dilatarse tus pupilas, en tu mente y en tus oídos resuena una palabra que es un coro a tu espalda y a tus costados, toda Roma está en esta batalla gritando, a la vez que sus espadas impactan contra sus escudos: ¡VENGANZA… VENGANZA… VENGANZA!

Recreación novelada del libro Breve historia de las Guerras Púnicas. Editorial Nowtilus.

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domingo, 20 de noviembre de 2016

ECNOMO. QUIEN DOMINE EL MAR, GANARÁ ESTA GUERRA.



Cuando estalló la Primera Guerra Púnica resultaba evidente que la flota cartaginesa estaba formada por barcos de mejor calidad, y además tenía unos tripulantes mucho más experimentados, lo que hacía entrever una fácil victoria de los africanos. Para resultar vencedor en este conflicto, cuyas principales operaciones militares se desarrollaron en Sicilia y en África, era necesario conseguir el dominio en el mar y así abastecer a los gigantescos ejércitos que ambos contendientes desplegaron para doblegar a su enemigo. Lo realmente curioso es que los romanos lograron equilibrar la balanza, gracias a la aplicación de un ingenio, el corvus, que permitió a los barcos romanos atrapar a los púnicos y así forzarles a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, convirtiendo los enfrentamientos navales en unas auténticas batallas protagonizadas por la infantería. 




... de esta forma se llegó al año 256 momento elegido por los cónsules L. Manlio Vulso y M. Atilio Régulo para hacerse a la mar. Durante varias jornadas de navegación tranquila, los romanos no se cruzaron con ningún barco cartaginés que retrase su decidida marcha en busca de su oportunidad de terminar, de una vez por todas, con esta interminable guerra. Todo estaba yendo mejor de lo que habían imaginado desde un principio, e incluso el buen tiempo se empeñaba en hacer del trayecto una marcha apacible, pero esas esperanzas de una victoria fácil se esfumaron de golpe cuando, de improviso, vieron a la flota cartaginesa situada frente al cabo Ecnomo. El aspecto que mostraba la armada púnica era sobrecogedor, con unos 250 barcos desplegados en una interminable línea en cuyo centro destacaba el buque insignia comandado por Amílcar. A sus lados se situaban los flancos ligeramente adelantados, amenazando con iniciar un movimiento de ataque para rodear a los barcos enemigos.

Frente a ellos, los romanos formaban con sus naves de guerra divididas en tres grandes escuadras, estando las dos primeras en vanguardia y en forma de cuña, comandadas por ambos cónsules, mientras que detrás de ellos estaban los barcos de transporte cuya seguridad era primordial porque en ellos se apelotonaban la mayor parte de los cien mil soldados de infantería que deberían de conquistar África. Por este motivo, la tercera escuadra romana cubría la retaguardia para evitar que ningún barco cartaginés cayese sobre unos buques grandes, pesados y sin ningún tipo de protección.

Inmediatamente los cónsules ordenaron a sus barcos cargar directamente sobre el centro de la formación africana, cuya disposición en forma lineal se mostraba débil frente a un ataque directo de unos barcos perfectamente agrupados y dispuestos a romper la formación de la armada enemiga. El avance fue rápido, pero incomprensiblemente los buques púnicos no hicieron el menor movimiento que les permitiese a los romanos adivinar las intenciones de Amílcar. Poco después, el almirante inició una rápida retirada de todos los barcos que se situaban en el centro de la formación cartaginesa, animando a los romanos a iniciar una persecución para terminar de golpe con una batalla que se empezaba a poner muy bien para sus propios intereses.




Lenta pero inexorablemente, los barcos romanos fueron picando el anzuelo y cayendo en la trampa que les había preparado Amílcar. Después de varias horas de navegación M. Atilio Régulo y L. Manlio Vulso, decidieron mirar hacia atrás para descubrir que sus barcos de transporte se encontraban situados a una gran distancia de las dos escuadras romanas que seguían empeñadas en buscar una victoria fácil destrozando el centro de formación púnica. Pero eso no era todo, pronto comprendieron que los flancos de sus adversarios no habían retrocedido, sino todo lo contrario y que ahora se encontraban navegando a toda prisa para atacar a los barcos de transporte romanos, lo cual demostraba el auténtico objetivo del plan ideado por Amílcar. Frente a dicha situación, los grandes buques itálicos no tuvieron más remedio que retroceder, poco a poco, hasta las costas de Sicilia intentando por todos los medios no encallar para no sucumbir ante los barcos cartagineses que ya se encontraban casi encima de ellos.

Afortunadamente, la columna dejada en retaguardia por los cónsules llegó en el momento oportuno para interponerse entre los barcos de transporte y las naves comandas por Hannón, las cuales iniciaron un ataque desde los flancos para evitar los devastadores efectos de los corvi romanos. La situación era desesperada; era poco lo que podían resistir frente a unas fuerzas mucho más numerosas y perfectamente alineadas...

fragmento del libro Breve historia de las Guerras Púnicas. Editorial Nowtilus. 







lunes, 14 de noviembre de 2016

BREVE HISTORIA DE LAS GUERRAS PÚNICAS. ROMA CONTRA CARTAGO.



A partir del s. III a.C. el mundo conocido entró en guerra. En esta obra el lector podrá ser partícipe de los enfrentamientos protagonizados entre romanos y cartagineses, pero también podrá empaparse de cultura grecolatina, de la esencia de lo que somos en el presente, y seremos en el futuro. En Breve historia de las guerras púnicas los autores ofrecen una visión general del contexto en el que se produce el estallido del conflicto, para de esta forma analizar las causas profundas de la guerra entre romanos y púnicos, y así mostrar a los lectores que dichas causas profundas no se diferencian en mucho a otros enfrentamientos bélicos contemporáneos como la segunda guerra mundial o algunos más próximos a nosotros.

En el libro se ofrece un especial protagonismo a la segunda guerra púnica y dentro de ésta a la península ibérica como centro geoestratégico de operaciones para ambas potencias hegemónicas, así como la importancia que esas operaciones y posterior colonización tuvo en la historia, cultura y sociedades autóctonas.

Dentro de esta segunda guerra púnica queremos pararnos, para distracción y entretenimiento de los lectores en unas grandes batallas, todavía hoy estudiadas en las academias militares, y por supuesto en las biografías y peculiaridades de los dos grandes generales en conflicto, Aníbal Barca y Publio Cornelio Escipión, así como en los ejércitos y ciudades en conflicto, Cartago y Roma. No desperdiciaremos la oportunidad de analizar pormenorizadamente los espacios hispanos más controvertidos como Cartago Nova o la importancia de Sagunto y el río Ebro como casus belli. Igualmente mostraremos cómo pudo Aníbal cruzar los Alpes con elefantes africanos, algo que ha levantado mucha controversia, pero que pocas veces se ha explicado convenientemente.

Sin embargo no todo fue guerra, uno de los capítulos más emocionantes es el titulado “El hombre es un lobo para el hombre”, dedicado a Plauto, el gran autor de la comedia romana que en plena segunda guerra púnica ofreció a la ciudadanía romana una novedosa forma de teatro del equívoco, cuya influencia se dejó sentir, mucho tiempo más tarde, en el teatro español del siglo de oro, en Shakespeare, pero también en la comedia de situación del Hollywood más clásico.

Para finalizar los autores dedican un capítulo a la determinante batalla de Zama, punto y final de la segunda guerra púnica pero que ya nos indica el camino hacia un nuevo orden mundial, algo que llegará con nuestro epílogo “Delenda est Carthago”, frase con la que el famoso Censor Catón el Viejo terminaba todos sus discursos en el Senado Romano.


jueves, 10 de noviembre de 2016

QUEVEDO Y ESCIPIÓN. DOS HOMBRES Y UN DESTINO.




Francisco Quevedo y Villegas es uno de los autores más populares de nuestro Siglo de Oro, en parte porque su poesía expresó unas preocupaciones y unas vivencias que con el paso del tiempo se demostraron universales. Aun así, y a pesar de la excelente calidad de su obra poética, su figura en el imaginario colectivo es la de un consumado espadachín, hábil en el uso de la pluma y el acero, un hombre comprometido con los problemas sociales de la época en la que le tocó vivir, marcada por la galopante crisis política que sirvió de prólogo a un nuevo capítulo de nuestra historia. 
En sus escritos siempre manifestó una obsesión por la defensa de la patria, al mostrarse convencido de la necesidad e inevitabilidad de la hegemonía de España en el mundo, algo que en pleno declive de la monarquía tuvo que hacerle mucho daño. También se integró en la tradición del laus Hispaniae, instaurada por San Isidoro y utilizada por el propio Quevedo para tratar de recuperar los valores que él pensaba hicieron poderosa a la nación. Su sincera defensa de la patria y la denuncia de todos los males que aquejaban a la monarquía fueron utilizadas por sus enemigos para acusarle y difamarle, lo que provocó que diera con sus huesos en una mazmorra. Su estancia en prisión le terminó inspirando para componer un poema dedicado a un hombre con el que se sentía plenamente identificado, por haber luchado por la supervivencia de una patria que, al final de su vida, le terminó dando la espalda.
  
Faltar pudo a Scipión Roma opulenta;
mas a Roma Scipión faltar no pudo;
sea blasón de su invidia, que mi escudo,
que del mundo triunfó, cede a su afrenta.
Si el mérito africano la amedrenta,
de hazañas y laureles me desnudo;
muera en destierro en este baño rudo,
y Roma de mi ultraje esté contenta.
Que no escarmiente alguno en mí, quisiera,
viendo la ofensa que me da por pago,
porque no falte quien servirla quiera.
Nadie llore mi ruina ni mi estrago,
pues será a mi ceniza, cuando muera,
epitafio Anibal, urna Cartago

REMINISCENCIAS DE CANNAS (Segunda Guerra Púnica) EN LA BATALLA DE LOS BASTARDOS (Juego de Tronos)



No hace falta ser rey y que Pablo Iglesias te regale unos estupendos DVD,s para hacerte fan de la magnífica serie "Juego de Tronos" de la cadena HBO. Sin embargo para los pocos no iniciados en esta serie pero amantes de la historia, si esto es posible, resumiremos brevemente la escena: como su propio nombre indica dos hijos ilegítimos de reyes, el noble Jon Nieve, y el sádico psicópata Ramsay Bolton, enfrentarán sus ejércitos, lucharán contra su propio e injusto destino de bastardo, uno desde el bien, y otro desde el mal en un terrible y desigual choque. Tras un inicio tan heroico como absurdo de Jon pronto la superioridad táctica y la buena previsión para la batalla de Ramsay tendrán, literalmente, rodeado en una gran bolsa al ejército de Nieve, dejando cerrada una más que presumible carnicería con impactantes imágenes de los movimientos tácticos que unos disciplinados soldados acometen al rodear e ir sajando poco a poco a un enemigo paralizado como una liebre a la que ilumina un coche en mitad de la carretera, y que espera su más que segura muerte. Éste se nos antoja el momento culmen de 25 minutos de magnífica batalla, cuya evocación nos lleva directamente a la batalla de Cannas de la Segunda Guerra Púnica, año 215 a.C., en la que Aníbal rodeó al ejército de los cónsules electos, Terencio Varrón y Emilio Paulo, en una gran trampa que supuso la mayor derrota de todos los tiempos para las armas romanas.


Sin embargo la ficción es más justa con las huestes del bueno de Jon Nieve que la realidad lo fue con el ejército consular romano en Cannas. A los cónsules electos nadie les salvó de una aplastante humillación y más de 50.000 muertos. Las imágenes de Juego de Tronos del final de esta batalla antes de la angelical aparición de la salvadora caballería, son lo más semejante y realista a la cruda suerte que corrieron aquellos legionarios.