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jueves, 10 de noviembre de 2016

QUEVEDO Y ESCIPIÓN. DOS HOMBRES Y UN DESTINO.




Francisco Quevedo y Villegas es uno de los autores más populares de nuestro Siglo de Oro, en parte porque su poesía expresó unas preocupaciones y unas vivencias que con el paso del tiempo se demostraron universales. Aun así, y a pesar de la excelente calidad de su obra poética, su figura en el imaginario colectivo es la de un consumado espadachín, hábil en el uso de la pluma y el acero, un hombre comprometido con los problemas sociales de la época en la que le tocó vivir, marcada por la galopante crisis política que sirvió de prólogo a un nuevo capítulo de nuestra historia. 
En sus escritos siempre manifestó una obsesión por la defensa de la patria, al mostrarse convencido de la necesidad e inevitabilidad de la hegemonía de España en el mundo, algo que en pleno declive de la monarquía tuvo que hacerle mucho daño. También se integró en la tradición del laus Hispaniae, instaurada por San Isidoro y utilizada por el propio Quevedo para tratar de recuperar los valores que él pensaba hicieron poderosa a la nación. Su sincera defensa de la patria y la denuncia de todos los males que aquejaban a la monarquía fueron utilizadas por sus enemigos para acusarle y difamarle, lo que provocó que diera con sus huesos en una mazmorra. Su estancia en prisión le terminó inspirando para componer un poema dedicado a un hombre con el que se sentía plenamente identificado, por haber luchado por la supervivencia de una patria que, al final de su vida, le terminó dando la espalda.
  
Faltar pudo a Scipión Roma opulenta;
mas a Roma Scipión faltar no pudo;
sea blasón de su invidia, que mi escudo,
que del mundo triunfó, cede a su afrenta.
Si el mérito africano la amedrenta,
de hazañas y laureles me desnudo;
muera en destierro en este baño rudo,
y Roma de mi ultraje esté contenta.
Que no escarmiente alguno en mí, quisiera,
viendo la ofensa que me da por pago,
porque no falte quien servirla quiera.
Nadie llore mi ruina ni mi estrago,
pues será a mi ceniza, cuando muera,
epitafio Anibal, urna Cartago

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